Pillo la moto. Bajo por el Muro de Santiago de Alcañiz pensando que este asfalto defectuoso, recién instalado, se derretirá con el calor y me absorberá como arenas movedizas. Voy con ojo, no vaya a tragarse la calle la moto y me engulla entre su alquitrán barato y subvencionado. ¡Oh, no!, ¡me atacan! Sorteo una alcantarilla suelta, otra, otra. ¡Minas! Surgen por todas partes. ¿Hay alguien debajo? Quizá tras cada tapa se esconde un incompetente al que no le drenan las ideas. Lo sé porque las oigo. Clonc. Clonc. Clonc. Es la banda sonora de una ciudad supuestamente humanizada.

Pero, pero, sigo contando hasta 70 tapas de alcantarilla solo en el Muro de Santiago... Alcañiz no ha sido humanizado. ¡Ha sido alcantarillado! Nos prometieron aceras amables, movilidad sostenible, seguridad para peatones y ciclistas, una ciudad más cómoda, más europea, más vivible, con árboles, bancos, aceras anchas completas y una mirada vanguardista. Y aquí estamos, tres años después, esquivando tapas, vallas, bordillos absurdos y explicaciones que llegan tarde. Muy tarde. Más de 7,2 millones de euros para que el agua no corra, las tapas bailen y las responsabilidades se escondan bajo tierra. Si llueve, podremos bajar al río directamente nadando. ¡Preparen sus navatas!

Lo más irritante no es solo la chapuza. Es que se veía venir. Y se alertó. Había advertencias, quejas, informes, vecinos mirando con incredulidad a los albañiles con su método de nivelación de baldosa mediante lanzamiento de palé... y técnicos municipales señalando errores variados. Pero nadie fue capaz de parar la maquinaria. Se siguió adelante como si lo importante fuera gastar, certificar, justificar y agarrar la subvención para que no se escapara por el mismo desagüe que el sentido común. Y ahora, cuando la ciudad sigue a medias y el calor nos derrite hasta la paciencia, llega el gran número final: pleitos contra el Ministerio, demandas, papeles, abogados y un «sálvese quien pueda» con aroma de precampaña.

No se trata de una manía estética ni de cuatro tapas ruidosas que molestan al oído fino, que también. Hablamos de tuberías rajadas, pendientes que no cumplen, lodo acumulado en una red nueva y arquetas eléctricas apañadas a lo MacGyver con cinta aislante, que dan más miedo que una tormenta de agosto. Hablamos de conos que ya no alertan de una obra, forman parte del paisaje. Pequeños monumentos naranjas a una alerta interminable.

Mientras tanto, ¿quién paga? El vecino, claro. Y lo hace con impuestos y con vida diaria. Con desvíos, ruido, polvo, accesos imposibles, comercios castigados y calles que habrá que volver a levantar. Otra vez. Esa es la verdadera extorsión vecinal. Primero te piden paciencia por la obra; luego comprensión por los fallos; después resignación porque hay que abrir de nuevo. Si protestas, parece que no entiendes que la idea original era avanzar hacia otro modelo de ciudad. Que la contratista malagueña la liase desde el inicio son daños colaterales, como si no hubiera un abismo entre adjudicar una obra y ejecutarla bien.

Lo que hemos visto en Alcañiz durante los últimos años es toda una prueba de resistencia desde el Plan E, el centro joven de los Torreones, aquella sede universitaria non nata, los carriles bici a Ningunaparte o la externalización eléctrica de Fulton. Riegan con manguera de billetes nuestras administraciones y le llaman humanización a lo que queda; lugares olvidados, vandalizados y reformados por dos veces, como el Muro de Santiago en los Torreones, donde un peatón no puede pasear sin jugarse el tipo.

Sigo en la moto. Clonc. Clonc. Clonc. Cuento más alcantarillas, paro al sumar cien en el paseo Andrade. Cien tapas sueltas respirando bajo el asfalto como una ciudad mal cerrada. Quizá por ahí se escape todo lo que ya no cabe en los despachos. Mucho de lo que nos sucede se nos va por el mismo agujero. Y todavía habrá quien lo llame progreso.

Eva Defior. Sexto Sentido