Hay algo que me llama la atención cada vez que llega el verano. No dejo de ver imágenes de aeropuertos, playas exóticas, hoteles infinitos, piscinas de agua salada, platos rebosantes de comida. Parece que, de repente, todos tenemos que estar en algún sitio. Lejos. Cuanto más lejos, mejor.

Y casi sin darnos cuenta se instala una idea un poco extraña: quedarse es conformarse. Descansar cerca de casa es no haber hecho nada, y que el verano solo cuenta si has acumulado kilómetros y más kilómetros.

Viajar es maravilloso. Es una de las mejores maneras de aprender, de abrir la mente y de comprender que el mundo es muchísimo más grande que nosotros (¡por suerte!). Pero también me pregunto muchas veces qué entendemos realmente por viajar. Esa necesidad casi imperiosa de ir porque toca ir. De enlazar destinos como quien tacha ítems de una lista que nunca acaba. De hacer una fotografía, un vídeo, comer rápido, seguir la ruta y pasar al siguiente lugar. Como si el tiempo apretara. Como si viajar se hubiera convertido en otra forma de productividad. Un estrés, un agobio, una imposición.

Viajar debería consistir en cambiar de perspectiva, no solo de escenario. Hay paseos de diez minutos que cambian la forma de mirar el mundo. Y también viajes de miles de kilómetros que apenas dejan un recuerdo cuando deshaces la maleta.

Tal vez la pregunta que deberíamos hacer este verano no sea «¿Adónde vas?», sino «¿Desde dónde miras?». Porque, al fin y al cabo, la mejor forma de viajar sigue siendo regresar con una mirada distinta, aunque apenas nos hayamos movido de casa.

Alicia Martín. A quien quiera leer