Qué alegría sentí el pasado jueves, en un abarrotado teatro de Alcañiz, cuando apareció ante mis llorosos ojos por la emoción de verlo de cerca, el señor Santiago Abascal, con la banderita de España en la solapa, como debe ser, como todo español de bien debería llevar, varias licenciaturas, varios másteres y toda una vida trabajando y cotizando, para crear una sociedad mejor para todos.

También echo de menos, como él, aquellos tiempos pasados en blanco y negro, aquella España donde nadie pasaba hambre y todo el mundo tenía una casa donde vivir y un trabajo digno, aquellos tiempos donde podías declarar tu homosexualidad abiertamente y no pasaba nada, o podías pasear por la calle tranquilamente con el pelo largo y barba y nadie te daba una paliza, incluso las mujeres podían ir a un banco a realizar una gestión, sin la autorización de su marido, o podían elegir trabajar fuera de casa y el marido quedarse en el hogar cuidando de los hijos y haciendo las tareas de casa.

Aquel derecho a hablar abiertamente en euskera, catalán o gallego, era, también, un lujo que hoy también hemos perdido. A los sindicatos y partidos de izquierdas, que les dejaban trabajar en pos de una sociedad mejor y más justa, sin ser perseguidos por su ideología. Libremente, los medios de comunicación ejercían su derecho a la información sin ningún tipo de censura, contra poder, le llaman.

Las relaciones con países de nuestro entorno eran fluidas y provechosas económicamente. Aquel NO-DO, donde una perfecta voz varonil en off nos relataba el progreso de aquella sociedad hacia un bienestar que no tenía parangón con ningún país.

Qué tiempos aquellos… líbranos del mal, Abascal, líbranos de las hordas rojas que solo nos traen kaos y destrucción.

Abascal love you.

ÁNGEL LUIS JIMÉNEZ FAMILIAR. Correo del Lector