
Como una inmensa oruga de cadenas subterráneas, la ciudad, leal, muy leal y heroica, se desplaza hacia el exterior.
El prudente lector que no conozca bien el caso, pensará que no es si no el crecimiento normal de cualquier población, fruto del incremento de habitantes, prosperidad y actividad cultural y comercial. Puesto que el censo no se ha incrementado de forma proporcional con el crecimiento urbanístico, y según la Cámara de Comercio, tampoco es que la caja de caudales vaya a explotar, esas razones se descartarían y van a mi favor, pues insisto en que se desplaza de forma inexorable y casi imperceptible alejándose del centro. Intentaré dibujarlo con palabras: imagínense un donut de hueco cada vez más grande. Casi se diría como hongo de bomba atómica, ya que permanecen castillo y Plaza España como bastiones del impacto (actualmente con señales de éste), luego un espacio, y a continuación el donut que va ampliando su radio alejándose del centro. Lease donut, como zona construida y habitable. En el hueco, casas abandonadas o derrumbadas (paradójicamente, faltan viviendas para alquilar o comprar).
En ese vacío, hoy casi abandonado, viven los fantasmas de nuestros bisabuelos con un «rediós» entre dientes que ningún «medium» se atrevería a reconocer.
Dudo mucho que los alcañizanos seamos animales muy distintos al bajoaragonés medio. Baste darse una vuelta por Calaceite, La Fresneda, Rafales, Valderrobres y un larguísimo etc. de poblaciones preciosas que han sabido compaginar su patrimonio con la comodidad de las construcciones más modernas.
Hay, como siempre, varios factores que lo hacen complejo, pero una de las varitas mágicas las tiene lo que se llama «PLAN URBANÍSTICO». Tenemos un circuito concebido por uno de los mejores diseñadores del mundo, y no vemos que invertir en un plan para nuestra propia casa nos va a hacer felices a todos todos los días.
No bastan las limitadas ayudas de Ayuntamiento, DGA o patrimonio. Algunas ayudas son tan limitantes y estrictas que por falta de medios muchas familias se ven obligadas a demoler o dejar demoler sus viviendas donándolas al Ayuntamiento. Esto es un flaco favor, ya que no se conservan y resulta terreno devaluado. Tenemos que tener la voluntad y los medios para invertir. Y a la vez nos tienen que permitir ser prácticos dentro de la conservación de volúmenes y estilo.
De forma institucional no se puede intervenir en bienes privados, si no favoreciendo la acción de la iniciativa privada. Pero también ésta tiene que existir para ser escuchada.
Hay que aunar la voluntad privada y la dirección de las instituciones.
¿Qué fue de ese consejo de hombres sabios, reunión de los patriarcas donde se decide lo mejor para la comunidad, más allá de colores o intereses particulares? ¿Dónde encontrar de nuevo el orgullo de ser y saber lo que somos?
Rubén Vidal. Caballete de papel

