La memoria tiene personalidad propia y se nos antoja un azar desordenado en el que las emociones se acentúan o pasan de largo.

Hace pocos años conocí a José Manuel. Me llamó para pedirme un presupuesto y, entre un correo y otro, y alguna cerveza antes de una presentación, fui descubriendo a un artesano de la palabra. Me enseñó (o al menos lo intentó) a comprender que la poesía no es ese mundo de palabras bonitas que visten muy bien una taza o una publicación de Instagram, sino que es cruda, dolorosa y, a la vez, aliviadora. Con su penúltima obra, Hacer silencio, me acercó a la naturalidad dolorosa de las enfermedades neurológicas: Uno se acostumbra a desconectar las horas, los minutos, a respetar la espera, a enterrar preguntas y a vencer las prisas.

El paso del tiempo deja cicatrices y desilusiones, pero también ganas de ayudar a quien te enseña y te hace reír. No hace falta un mantel para agradecer esos buenos momentos; basta con un gesto, un «oye, aquí estoy para echarte una mano y devolverte lo que pueda».

Y allí fui, con privilegios y poca vergüenza, a regalarle su última obra, Las calles ciegas, a Carles Francino, que estaba emitiendo La Ventana desde Valderrobres. Las calles ciegas es la voz de un pueblo deshabitado, y ¿qué mejor lugar para leerlo que la España vaciada? Carles me dijo: «Ahora se lo dejaré a Benjamín Prado. Con solo echarle una ojeada rápida, me dirá si tu amigo es bueno o no». Con la seguridad del admirador, sabía que el dedo de uno de los jueces de la poesía española iba a apuntar al cielo; solo faltaba que me lo confirmaran. Pero al iluso aún lo pueden sorprender, y en antena recitaron un par de poemas:

Ayer encontré una llave que abre un solar.

De aquellos años me queda una mirada y un sueño que viven hundidos en mis ojos cerrados. De aquella gratitud surgieron las ganas de leer algo de Benjamín Prado, y eso me llevó a su poema «Su viva imagen»:

Eres su viva imagen, me decían, sin sospechar entonces que esas cuatro palabras iban a ser mi condena. Gracias al talento de José Manuel y al de Benjamín, floreció un miedo. Miedo a que la memoria me borre el silencio que siguió al último suspiro de mi padre, o el saludo de la última mujer que todavía me dice «¿Adónde vas, Mesachón?», y acabe liberándome de mi condena. Y, la verdad, no quiero esa libertad. Ahora que toca celebrar Todos los Santos, salen esas sonrisas al recordar lo vivido. Y aunque es inevitable que el tiempo decida qué se queda y qué se va, yo seguiré intentando conservar su viva imagen.

Joaquín Tello
Alcañiz