Los últimos aguaceros han cambiado la percepción catastrófica de la mayoría de vecinos de Cretas - Queretes, y en general del resto de la comarca del Matarraña. De tener que proceder el Ayuntamiento a una restricción de agua de boca durante el mes de agosto, a comenzar los requerimientos a la madre naturaleza, sobre todo por parte de los agricultores, para que termine este ciclo de tormentas y lluvias que tanto dificultan las tareas diarias en un pueblo rural. Y es que ya lo decía un entendido agricultor, ahora muerto, hace unos cuantos años: - "en Cretas con poca agua hay suficiente" -. Siempre había sido así para la agricultura de esta zona frescal por naturaleza. También esto ha cambiado. No por la producción propia de la comarca sino por la competencia brutal de la producción de las zonas de regadío. Además ahora se han de añadir las necesidades de las granjas, las del sector turístico y las particulares de nuestra sociedad del bienestar. El agua se ha convertido en un elemento vital para cualquier propuesta de desarrollo. La pregunta que nos hacemos muchos es por qué no se sigue el refrán tan nuestro de que "quien guarda cuando tiene come cuando quiere". En Cretas cuando la gestión del agua era un tema particular, en todas las casas había cisternas que recogían el agua de lluvia de sus tejados para asegurar el uso familiar y de los animales ya fueran para las tareas del campo o de los corrales. Todos los agricultores mantenían también sus pozos y balsas particulares, imprescindibles para las tareas del campo. Junto con el cereal y paja, era la gasolina de sus animales de trabajo. De las aguas comunales se encargaba el Ayuntamiento manteniendo balsas, abrevaderos y fuentes. Bien, todo esto ya es historia, ahora el suministro del agua es prácticamente público y podríamos decir de ámbito comunitario o estatal. Y así, en resumen, la necesidad y los problemas asociados siguen siendo locales y particulares pero la disponibilidad del dinero necesario para su cobertura, recaudado vía impuestos por organismos superiores, ya sea Estado o Comunidades, no está en nuestras manos. El agua del cielo ha caído y ha pasado por nuestros tejados, calles, barrancos y ríos y adiós muy buenas. No toda, claro está pero si aquella que en otros momentos necesitaremos de manera vital. Y así, llegamos a donde estamos en que no hay manera de que nuestros dirigentes de la cosa pública que les corresponde gestionar este bien, entiendan y decidan de una vez por todas que se deben hacer inversiones en obras de captación y embalse con resultados a medio o largo plazo. ¿Será porque la duración de sus responsabilidades están establecidas para ciclos de cuatro años por aquello de las elecciones y de la famosa legislatura? ¿Y porque solo importa el día a día, el presente inmediato y la inauguración fácil? ¿Y los que vengan después que arreen, no? Vamos mal.