Hay una manera de gestionar las grandes infraestructuras que Aragón conoce demasiado bien, y consiste en construir el edificio perfecto y olvidarse de quién va a trabajar dentro. El nuevo Hospital de Alcañiz es el último ejemplo. Tiene cirugía robótica, resonancia magnética por primera vez en el Bajo Aragón, un helipuerto operativo y una UCI completamente equipada. Solo le falta un detalle: los intensivistas.

El nuevo Hospital de Alcañiz completó el pasado 16 de junio el traslado de toda su actividad asistencial. El Gobierno lo celebró como merece un proyecto largamente esperado, con declaraciones sobre el salto cualitativo para 73.000 vecinos de siete comarcas del Bajo Aragón histórico. Pero la unidad más importante del nuevo hospital sigue sin funcionar. Mes tras mes, la UCI no atiende a un solo paciente.

El gerente del sector, Pedro Eced, reconoce que la unidad está completamente equipada y que solo falta encontrar intensivistas. Promete retomar las gestiones a partir de septiembre. Septiembre, el mes en que en la sanidad aragonesa siempre se retoma todo, como si los infartos, los politraumatismos o los ictus aceptaran hacer cola hasta que termine el verano.

La hemeroteca del propio periódico hace más daño que cualquier declaración de la oposición. La Comarca tituló el 27 de enero de 2006 con un simple «El nuevo hospital, en marcha». Han pasado 20 años, tres presidentes autonómicos y todos los colores políticos posibles pasando por Sanidad, todos prometiendo un centro que iba a transformar la asistencia del Bajo Aragón mucho antes de que nadie garantizara que tendría personal para funcionar el día que abriera. Un niño nacido el día de aquel titular ya puede votar. Dos décadas después el hospital ya existe, la UCI está montada y la promesa sigue exactamente igual de incumplida.

El Gobierno tuvo delante la oportunidad de cubrir la UCI antes incluso de inaugurar el hospital. En la última convocatoria temporal de Medicina Intensiva no apareció ni una sola plaza para Alcañiz, ni la lotería de Navidad reparte tan mal la suerte en el Bajo Aragón. Nadie ha explicado por qué, y el silencio dice más que cualquier comunicado.

Tampoco es un caso aislado. Más del 60% de las contrataciones temporales de especialistas ofertadas este verano han quedado desiertas. 13 de las 21 plazas convocadas no encontraron médico. La propaganda vende un hospital de referencia, pero de momento es un hospital sin referencias, ni de intensivistas ni de plazos que se cumplan.

A pocos metros de ese edificio flamante, el viejo hospital languidece sin que nadie decida qué hacer con él, aunque la respuesta es evidente. Una comarca envejecida, con núcleos dispersos a más de 70 kilómetros, necesita una unidad de atención intermedia para quien ya no precisa camas de agudos pero tampoco puede volver solo a casa. El Gobierno, ocupado en resolver la UCI que no abre, no ha dado ni fecha ni respuesta. El Bajo Aragón acumula así dos hospitales a medio funcionar.

La política lleva años demostrando que sabe construir hospitales, lo que sigue sin demostrar es que sepa hacerlos funcionar. Levantar un edificio requiere presupuesto y una foto de inauguración. Mantener una UCI abierta exige planificación, previsión y profesionales dispuestos a instalarse en el Bajo Aragón, el único elemento que no se planificó con la misma antelación que el edificio.

En política sanitaria se ha instalado la costumbre de medir el éxito por las inauguraciones. Los pacientes, en cambio, lo miden por algo mucho más sencillo. Que cuando su vida depende de una UCI, la UCI esté abierta.

Jorge Herrero. Papel y pixel