La vuelta de las vacaciones siempre es un buen momento para volver con las pilas recargadas y situarse de nuevo en nuestro día a día. Pero este año nos encontramos con una profesión que, entre hectáreas arrasadas y fronteras cruzadas, mucho no ha podido descansar: el periodismo.

Y es que costaba pensar en piscina, relax y mojitos ante los hechos sucedidos en Ceuta el pasado 30 y 31 de julio, cuyas consecuencias han sido retransmitidas como si de un directo de las redes sociales se tratase. La llegada de más de 80 mil seres humanos ha planteado una plétora de dilemas éticos, elevados al nivel de la cuñadez y de la insensibilidad de propios y extraños.

En primer lugar tenemos al elefante de la sala, ¿estaba detrás de la operación nuestro país vecino? La lamentable exoneración de nuestro gobierno, no sabemos si por pragmatismo o por cobardía, que niega el envalentonamiento del sultán ante su renovada amistad con Trump y Netanyahu, ha reavivado el lema que ya se expuso en 2021: ¿qué le debe el PSOE a Marruecos?

En mi opinión, la pregunta es más profunda e incómoda: ¿qué le debe nuestra clase política a Marruecos? La oposición ha manejado la ocasión más como una crisis interna, acusando de gestión nefasta, que enmarcándolo como un tema de geopolítica. El líder del trumpismo carpetovetónico lo ha ilustrado perfectamente: si hay algún culpable fuera, serán los argelinos. Si es que al final, el amigo de mi amigo…

Se comenta si políticos y no tan políticos de nuestro país han sido pagados por el majzén durante décadas a cambio de información confidencial o acciones de lobby en cuestiones como la del Sáhara. Sin atreverme a generalizar su uso, sí quiero destacar la contraparte que siempre se nos olvida en este asunto: las grandes masas de inversión extranjera directa española en Marruecos y las jugosas concesiones que el gobierno marroquí concede a nuestras multinacionales en los sectores energético, de las telecomunicaciones y de la infraestructura.

Marruecos es nuestro perro guardián y pista libre para nuestros negocios, por lo que cualquier soborno será considerado honorario. El Sáhara se puede ceder porque desde 1975 ya no lo queremos, y lo que aceptamos en chantajes menores es lo que ganamos en regalías y en flujos migratorios más reducidos.

Pero detrás de la política hay siempre humanos, y lo de esta ocasión es un drama humano. Los ceutíes tienen derecho a manifestarse ante el drama que han vivido bajo su perspectiva: el asalto inesperado, el miedo a una conquista, la mala praxis gubernamental y la congestión de la vía pública.

También os propongo el ejercicio de ver la otra cara: personas engañadas para que naden a un futuro incierto con la esperanza de labrarse un porvenir, hacinadas en una playa sin recursos pero con la posibilidad de que se les apruebe el asilo, que construyen unas chabolas devoradas por el fuego de la indiferencia y la ignorancia.

Una persona acaba degradada a la categoría de animal sólo cuando se le trata como tal, cuando no tiene una opción más. Por favor, amigos y amigas lectores, seamos capaces de encontrar soluciones de qué hacer con unos, los que nos gobiernan, y con los otros, los que les padecemos, sin matarnos los unos a los otros.

Tomás Celiméndiz. Graduado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona