La primera vez que escribí sobre Arturo Aliaga en este espacio estaba muy indignada. Me dolía el abandono de un territorio que, como hija adoptiva del Bajo Aragón, aprendí muy pronto a sentir injustamente tratado. Entonces escribí que tenía apellido de arbusto espinoso. No era precisamente un cumplido. No se enfadó demasiado y hoy le recuerdo con una sonrisa. Ha llovido mucho desde entonces sobre el PAR y he escrito ríos de tinta. Hoy es difícil condensarlo. Así que pienso en el origen de aquellas aliagas.
Arturo fue siempre, antes que político, técnico. Quizá por eso mantuvo durante tantos años una manera de hacer que tenía más que ver con los expedientes, los proyectos, las industrias y las infraestructuras que con esa otra política de gesto rápido, argumentario aprendido y titular preparado. Pero la política terminó encontrándolo y, con el tiempo, le cayó encima una responsabilidad mucho más difícil que gestionar una consejería. Debía ser capitán de un barco que ya hacía aguas. Con José Ángel Biel soplando desde la popa, inevitablemente presente en un partido que durante tantos años había llevado su sello, las escisiones, las disputas y las denuncias internas no tardaron en llegar. El PAR comenzó a desgarrarse por dentro y las aliagas, esta vez sí, volaron de un lado a otro. Espinas lanzadas a la cara que ninguna bandera, por muy grande que fuera, consiguió tapar.
Nunca nadie reprochó al Partido Aragonés que pusiera Aragón por delante. Al contrario. Esa era precisamente su razón de ser y probablemente una de las explicaciones de su capacidad para sobrevivir, influir y gobernar durante décadas muy por encima de lo que sus cifras electorales podrían sugerir. Había alcaldes, concejales, dirigentes comarcales y responsables institucionales convencidos de que defender su territorio era defender Aragón. Y aquello se entendía. El problema llegó cuando los intereses propios empezaron a pesar más que los colectivos, cuando el barco perdió el rumbo y la lucha interna dejó de estar fuera para instalarse definitivamente dentro.
La política tiene esa crueldad. Puede comprimir décadas de trabajo en una crisis, una fotografía, una traición o una última batalla. Incluso puede lograr que olvidemos todo lo anterior porque el desenlace fue desagradable, ruidoso y desmemoriado. Sería profundamente injusto hacer eso con Arturo Aliaga.
Aunque yo utilizara su apellido para señalar sus espinas, no tardamos demasiado en coincidir en cuestiones importantes, en muchas. Motorland fue una de ellas. También los proyectos industriales para Andorra y la necesidad urgente de encontrar un futuro para unas comarcas a las que demasiadas veces hemos obligado a despedirse de aquello que les daba trabajo antes de haber pensado seriamente qué colocar después. Siempre estuvo al lado del crecimiento empresarial e industrial. Ahí entendí algo que la política partidista se empeña demasiadas veces en ocultar, y es que se puede discutir con alguien, discrepar profundamente e incluso enfadarse, y reconocer al mismo tiempo cuándo está peleando por lo mismo que tú.
Aliaga nos ha dejado antes de contemplar uno de los capítulos más tremendos de aquel naufragio, antes de que asistamos a la ganancia de pescadores alrededor del barco hundido. Las próximas listas municipales enseñarán hasta qué punto los restos de aquel partido continúan teniendo valor político. Algunos de los actuales cargos del PAR son ya piezas codiciadas por PP y Vox, nombres conocidos, implantación territorial, experiencia municipal y personas que todavía conservan algo que en política cuesta décadas conseguir y apenas unos meses destruir: el arraigo.
Falta por saber qué aparecerá ahora en esas aguas. No sabemos todavía si habrá pirañas dispuestas a devorar cuanto quede del naufragio, o peces payaso capaces de convertirlo todo en una representación grotesca. Probablemente encontraremos un poco de cada especie. La política posee una capacidad extraordinaria para rebautizar como convicción aquello que hasta ayer parecía imposible, y para presentar como evolución natural el salto que unos meses antes habría sido considerado traición. Pero ese será otro capítulo.
Urge hoy separar ese desenlace de su memoria. No hay muchos cuerpos capaces de soportar al mismo tiempo la responsabilidad pública, el compromiso con una tierra, el hundimiento del partido al que has dedicado buena parte de tu vida y un cáncer agresivo. No sabría decir qué batalla pesa más. Quizá, llegado cierto momento, todas dejan de importar frente a la autopregunta de si hicimos lo que pudimos con el tiempo y la capacidad que tuvimos. Quiero pensar que eso es también un legado. No solamente los cargos ocupados, las leyes aprobadas o las fotografías que sobreviven en una hemeroteca. También los proyectos que consiguieron salir adelante, las puertas que se abrieron, las discusiones que sirvieron para algo, las personas que encontraron una oportunidad para quedarse en su tierra. Incluso aquellos con quienes discutimos forman parte de lo que dejamos detrás, porque también se construye una vida pública aprendiendo de quienes no piensan exactamente como nosotros.
Arturo Aliaga, como Javier Lambán, pertenece a una generación que cambió Aragón. Ambos entendieron algo que me parece esencial y que corremos el riesgo de perder entre estrategias nacionales, sucursales partidistas y urgencias electorales. Aragón no puede construirse de espaldas a sí mismo. Con ellos se va cerrando un capítulo fundamental de nuestra historia política reciente. Una generación con todas sus contradicciones, sus errores y sus excesos, pero también con una conciencia muy clara de territorio. Una manera de mirar Aragón desde dentro, comprendiendo que Teruel no es Zaragoza, que el Bajo Aragón no puede esperar eternamente, y necesita algo más que condolencias cuando desaparece una industria. Nuestra identidad no puede convertirse en atrezo para sacar únicamente cuando llegan elecciones o fiestas patronales.
Ahora comienza otra etapa. Y nuestro empeño debería ser conseguir que perviva esa mirada. No se trata de convertir el pasado en un lugar perfecto al que regresar. Nunca lo fue. Ni siquiera de santificar a quienes gobernaron, porque cualquier biografía política que merezca ser contada contiene errores, contradicciones, decisiones discutibles y alguna que otra espina. Se trata de no confundir modernidad con desmemoria. De no aceptar que mirar hacia delante exige necesariamente olvidar de dónde venimos.
Los partidos cambiarán. Algunos desaparecerán. Otros recogerán sus restos. Las siglas se transformarán, aparecerán nuevos liderazgos y las banderas volverán a desplegarse con entusiasmo cada vez que sea necesario. Pero nuestra responsabilidad debería estar un poco más arriba. Ojalá que cuando todo eso ocurra sigamos sabiendo quiénes somos... Que cuando llegue también nuestro momento de decir adiós podamos mirar hacia atrás y reconocer todavía las razones y las personas por las que mereció la pena librar determinadas batallas. Ojalá que podamos pensar que inspiramos a alguien, que aprendimos juntos, que dejamos algo un poco mejor de como lo encontramos.
Arturo Aliaga forma parte ya de las páginas importantes de la historia social, económica y política reciente de Aragón. La primera vez que escribí sobre él me quedé con el arbusto. Hoy no dudo en quedarme con la flor. Tengo un amigo que suele decir que la vida debería ser amar-i-lla. Quizá al final se trate precisamente de eso; de haber amado una tierra, una idea, una gente; de haberla defendido como uno supo, incluso equivocándose, y de marcharse dejando alguna flor donde antes solo parecía haber espinas. Que cuando nos toque decir adiós, tampoco nosotros hayamos perdido de vista quiénes fuimos. Y que, mientras tanto, sepamos hacer la vida un poco más amar-i-lla.
Descanse en paz Arturo Aliaga, alma autóctona, espina de flor amarilla y sangre roja, cuatribarrada como el alma de Aragón.


Un artículo conmovedor y lleno de razón Eva. Enhorabuena y gracias.
Eva: Pocas veces se ha definido a un personaje con tanta pasión y tanta inteligencia. Y me gusta tu visión de Aliaga: un ingeniero que se preocupó, como tu dices, de una manera de hacer que tenía más que ver con los proyectos, las industrias y las infraestructuras que con esa otra política de gesto rápido, argumentario aprendido y titular preparado. Hizo la política buena y práctica, que hoy en día parece desaparecida.
Al igual que se defiende la igualdad entre hombres y mujeres para los cargos públicos, ya es hora de defender la igualdad entre Ingenieros, médicos o militares y los abogados, economistas o manipuladores de la opinion publica.
Felicidades