Escribo desde Madrid. He venido porque comulgaba mi nieta pequeña preferida, que por cierto es majísima, y alargo la estancia en la Corte Borbónica o Monclovita durante unos días.
Me llama la atención las muchas placas que veo por las calles, fijadas en las fachadas, recordando personas ilustres que han nacido, vivido o fallecido en aquella casa. Es un guiño a la cultura y al orgullo de pertenencia, que está demostrado que funciona.
Parece que cada euro invertido en la cultura genera un retorno a la economía de casi dos. Pero eso sería lo de menos. La cultura y el conocimiento tienen un efecto multiplicador superior al de algunas industrias muy protegidas como la química o farmacéutica.
Entre otras vertientes, fomenta el turismo cultural, que en España ya supone un 25 % de los turistas que llegan. Invertir en cultura no es gasto, es rentable inversión.
Pienso en las muchas placas que podrían colgarse en fachadas caspolinas con el asesoramiento y colaboración del Centro de Estudios: «Aquí nació… el neurólogo Portera, el santo Acisclo Pina, el catedrático Altabella, el investigador Albareda, el obispo García, los políticos Agustín y Javier de Quinto…»; «Aquí vivió… Ramón J. Sender, el general Lister, el pintor Hermenegildo Estevan, el Deán Pellicer…» etc.
Se aprende de lo que se ve, y cada generación es hija de lo que ha visto en su juventud. Se ponen placas recordando hechos, pero pocas homenajeando a personas.
Colocar modestas pero artísticas placas en las fachadas de nuestros pueblos demuestra que somos nobles y agradecidos con los que nos han precedido con relevancia. Enseñan nuestra historia por el simple hecho de pasear por plazas y calles. Estimulan el placer de saber y conocer y son referentes que gustan a los visitantes, que asimilan la grandeza de los pueblos a la importancia de sus hijos.
Cuando los pueblos y ciudades se van haciendo cada vez más impersonales a causa de la globalización, invertir en placas recordatorias de personajes locales no es un adorno, ni una frivolidad, ni una ocurrencia. Es una obligación.
Miguel Caballú. Cartas a Abel

