Las pasadas elecciones autonómicas en Aragón no fueron un simple relevo de siglas; fueron una enmienda a la totalidad a una forma de entender la política. Los aragoneses enviaron un mensaje nítido: el agotamiento de un modelo que, con demasiada frecuencia, miraba más a los despachos de Madrid que a los campos de Teruel, las industrias de Zaragoza o los valles del Pirineo.

El Partido Popular ganó porque supo leer ese cansancio. Mientras otros se enredaban en estrategias de supervivencia nacional, nosotros nos centramos en lo local: en una fiscalidad responsable que alivie a las familias, en un equilibrio territorial real que no deje a nadie atrás y en una administración que sustituya la ideología por la eficacia. Nuestra victoria fue la de la política con los pies en el suelo.

Otros, en cambio, nos llevan a la degradación del debate: el caso de Óscar Puente

En este nuevo ciclo, resulta especialmente desolador asistir al espectáculo de descalificaciones que estamos viviendo. Las recientes declaraciones del ministro Óscar Puente contra Javier Lambán no son solo un ataque personal; son un síntoma de una enfermedad política que prioriza la obediencia al líder nacional sobre la dignidad de las instituciones.

Desde el Partido Popular de Aragón hemos sido, y somos, la oposición más firme a las políticas de Lambán. Hemos combatido su gestión con dureza parlamentaria y argumentos. Pero siempre desde el respeto institucional. Cuando un ministro del Gobierno de España desacredita públicamente a quien ha ostentado la máxima representación de todos los aragoneses, no solo daña a su propio partido: está erosionando la soberanía y la imagen de nuestra comunidad.

Lo que algunos pretenden vender como «valentía dialéctica» en redes sociales no es más que la degradación del debate público. Es el síntoma de una política nacional convertida en trinchera, donde se castiga la discrepancia y se premia el ruido.

El contraste es evidente. Mientras otros partidos parecen haberse convertido en meras delegaciones subordinadas a las necesidades de un comité nacional, el Partido Popular entiende Aragón como una institución con legitimidad propia. No somos una sucursal.

Las elecciones marcaron el inicio de una etapa donde Aragón no puede, ni debe, ser moneda de cambio en equilibrios parlamentarios lejanos. Los aragoneses quieren una financiación justa que reconozca nuestra singularidad y dispersión, un apoyo real y sin complejos al sector primario, una defensa de la industria como motor de futuro y un respeto escrupuloso a nuestras instituciones, independientemente de quién las ocupe.

La democracia se fortalece cuando el debate es firme pero digno. Se debilita cuando se transforma en un ajuste de cuentas interno retransmitido en directo. Desde el Partido Popular, no participaremos en el espectáculo del reproche personal. Nuestra energía está volcada en la gestión local, en solucionar los problemas del día a día y en devolver a Aragón el peso que merece en el conjunto de España.

Aragón merece respeto, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Y la primera lección para quienes gobiernan desde la distancia es entender que representar a esta tierra implica mucho más que ganar una discusión en redes sociales: implica defender su dignidad institucional por encima de cualquier interés de partido.

José Miguel Celma. PP / Torrecilla de Alcañiz