En el mes de abril celebramos el día de Aragón. Como todo el mundo sabe, el día de nuestra tierra es el 23 de abril, día de San Jorge. En una época en la que las identidades han recobrado especial protagonismo y vertebran nuestro espacio público compartido, preguntarse qué es ser aragonés en el siglo XXI puede ser una pregunta pertinente. ¿Qué dicen los estudios sociológicos?
Hace cuatro años, un conjunto de sociólogos y creativos estudiamos qué es esta idea de ser aragonés. Así que preguntamos a una muestra representativa por nuestra identidad y, además, realizamos algunos estudios cualitativos. Nuestra conclusión final fue algo que luego daría título a nuestra campaña: el orgullo va por dentro. Nos dimos cuenta que los aragoneses nos sentimos muy orgullosos de lo que somos. Pero, a diferencia de otros territorios vecinos que proclaman cada día su identidad, nosotros somos algo más comedidos. Nos encanta todo lo que nos define, pero no nos gusta aparentar lo que no somos. Los aragoneses nos definimos por nuestra nobleza y, en cierta manera, todos somos un poco agustinos y agustinas de Aragón. Aunque no necesitamos recordarlo cada día a los demás.
También nos vemos como gente perseverante. Algunos le llaman cabezonería. Seguramente es porque creemos firmemente en lo que defendemos. O como dijo hace un tiempo un popular humorista: no es que seamos cabezones, sino que tenemos razón.
Así que nobleza, perseverancia y orgullo podrían ser las tres palabras que definen a un aragonés. En los últimos tiempos, hay un nuevo concepto que se ha unido a nuestra identidad: talento. Somos una tierra poco poblada y eso nos obliga a desarrollar más el ingenio para poder sacar adelante nuestra tierra. No hay más que ver la cantidad de proyectos tecnológicos que están aterrizando en Aragón. Esto no sería posible si no nos viera como un lugar de oportunidades y lleno de talento.
En definitiva, la imagen de un aragonés en el siglo XXI está muy lejos de los estereotipos clásicos. Hoy nos vemos a nosotros mismos como personas nobles, perseverantes, orgullosas de lo que somos y con un enorme talento por desarrollar. Pero no nos gusta alardear de ello. Es por ello que, como decía unas líneas más arriba, el orgullo va por dentro.
Ignacio Urquizu. Profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y consultor externo de Metroscopia


Generalizar no sirve de nada. Hay aragoneses buenos, honestos y con talento. Hay aragoneses malos, deshonestos y sin talento. Por cierto, Agustina no era aragonesa sino catalana.
Lo he leído. Está bien escrito, sí. Precisamente por eso me preocupa: porque envuelve una renuncia en terciopelo y la vende como madurez.
Ese marco de “aquí no hacemos ruido”, “aquí no somos como los vecinos”, “aquí el orgullo va por dentro” suena elegante… pero es una trampa estratégica. No describe una identidad: la domestica. Convierte la discreción en virtud superior y, de paso, deja a Aragón en el papel que peor le sienta: el del territorio correcto, razonable y por tanto negociable.
La discreción puede ser un rasgo cultural. Perfecto. Lo que no puede ser es el centro del relato. Porque cuando elevas el “no alardear” a categoría identitaria, lo que instalas de fondo es otra cosa: “no aprietes”, “no incomodes”, “no exijas demasiado”. Y así, con buena educación, te fabricas un Aragón que se autocensura para no parecer intenso. Un Aragón que confunde serenidad con falta de palanca.
“El orgullo va por dentro” funciona como lema. Como tesis pública es anestesia. Orgullo interior que no se traduce en estándar, agenda y ejecución es simple consuelo: “yo ya sé lo que valgo” mientras el tablero se mueve sin contar contigo. Identidad adulta no es un estado de ánimo; es un sistema de prioridades y límites. Es decir: qué no se negocia y qué se ejecuta con continuidad.
Y lo del contraste con otros es el error más fino: si te defines por “no ser como ellos”, no tienes centro, tienes espejo. Una identidad que necesita espejo ajeno no vertebra: depende. Además, lleva una moralina de manual: “los otros exageran; nosotros somos sensatos”. Traducido: quien presiona aquí es sospechoso, quien insiste “se pasa”, quien marca límites “hace ruido”. Conclusión: un territorio educado… al que se le puede pedir paciencia eterna.
A mí ese relato no me sirve. Porque hoy Aragón no se juega su futuro en si es más o menos escandaloso. Se lo juega en cosas muy concretas: equilibrio territorial real, servicios que no dependan del código postal, infraestructuras que no se mendigan, oportunidades fuera del centro, capacidad de retener y atraer gente, instituciones con músculo y no solo con discurso.
Eso es identidad cuando deja de ser postal y se convierte en proyecto.
Así que no: no quiero un Aragón “orgulloso por dentro” si por fuera se acostumbra a ceder espacio. No quiero una identidad que presume de contención mientras pierde peso. No quiero que la moderación sea la excusa perfecta para no disputar agenda.
Aragón no necesita alardear. Necesita posicionarse.
Menos frase bonita. Más estándar.
Menos comparación. Más criterio propio.
Porque el dragón no se va con buenas maneras. Se va cuando alguien clava la lanza y sostiene la presión.
Sr Ignacio Urquizu
No tengo palabras para comentar su articulo, es mejor que mis palabras no queden escritas, alguien lo agradecerá.
Muy lamentable.
Don Ignacio:
Me parece que no es lo mismo ser aragonés que ser aragonesista. Tampoco es eterno el concepto de Aragon que se está construyendo permanentemente. Yo me identifico con un Aragón que sea Patria y Paraiso de la Libertad.
Mi Patria Aragonesa está en mutación constante, en un camino de acción y de obligación personal y colectiva. Y creo que son aragoneses todos los que sentimos un mismo amor hacia Aragón. Y como decía Tagore, hemos de construir un “Paraíso de la Libertad” para todos los que sentimos los mismos afectos y las mismas emociones. Y para todos los que conviven con nosotros y desean sentir como nosotros, aunque todavía no lo hayan conseguido.
Saludos
Sr.Urquizu:
Su artículo es de una pobreza intelectual abrumadora. Además de «woke». !!Donde ha Llegado Usted!!!
En Aragon somos mucho de meternos en batallas perdidas por nuestra tozudez. Y nos enorgullecemos.
Ya que nombra a Agustina de Aragon, de la que todos nos sentimos orgullosos, pero que es el vivo exponente de la defensa de causas perdidas.
Goya, uno de nuestros mas ilustres personajes, entre otros, era afrancesado, defendia justo lo contrario de lo que se hizo.
Si Palafox se hubiera rendido negociando por Zaragoza, ni Zaragoza hubiera sido destruida, ni miles de aragoneses hubieran muerto en nombre de la patria, defendiendo como tantas veces a personajes y causas como las de Fernando VII.
Continuamos.