Cómo cambian las cosas. ¡Y cómo amenazan con cambiar! Antes se quemaba a los réprobos –que también iban a arder en los Infiernos para que no quedase ni chispita de ellos- pero no se le hubiese antojado a ningún cristiano llevar a socarrar a un hombre de bien en lugar de inhumarlo en tierra sagrada –que por eso se llamaba camposanto– hasta el día de la Resurección de la carne. Ahora no: ahora se le lleva a las parrillas como a San Lorenzo. ¿No hemos de estar desorientados?

Y ahora, con la malhadada pandemia, yo no sé ya el tiempo que llevamos recluidos para entrenarnos en esta discreta disciplina que antes nos parecía oprobiosa. (“Fulanito permanecerá dos semanas en arresto domiciliario”. O “el alférez Zutanito se hallará confinado hasta el martes en el Cuarto de Banderas”).

Era un privilegio que no sabíamos paladear hasta que el malvado “coronavirus-Covid 19” se adentró en nuestras vidas y celebró cada victoria vírica con una ampliación que festejase la “poli-macro-epidemia”, que nos recluía en el propio dormitorio, en el hospital de infecciosos, en el del “coronavirus”, en la Unidad de Cuidados Intensivos, o en sitios aún peores. Mientras nuestra corta edad y la escasa experiencia, no nos alcanzase a comprender que alguien tuviese potestad, sin ser juez ni ostentar ningún rango militar, capaz de confinarnos en un arresto domiciliario o el Cuarto de Banderas. El caso es que no sabemos si el señor Simón ha acordado retirarnos de la circulación, o volveremos si un día somos útiles.

Del mismo modo que antes, el señor Hegel, el señor Kant, el señor Casirer, el señor Kierkegaard y todos los santos laicos –algunos incluso “condenados a los abismos por “El Índice”, que era el cuadro de honor de nuestros sabios familiares- no estaban bien asentados en sus tronos de piedra y se tambaleaban a un simple bramido del Maligno, representado por los exabruptos blasfematorios de F.M. Arouet, el temido “Voltaire” del que se contaban espantosas truculencias sin que nadie reparase en el “existencialista” Martín Heidegger, vinculado al nazismo (1921-1945) organizado, victorioso, triunfante y vinculado a la industria del terror,hasta que se desvinculo del nazismo en 1934.

Heidegger, que había tomado el testigo de Kierkegaard, aunque los vestigios de su respeto se hallaban más vinculados a la Metafísica que a la Política, era proclive a utilizar prestigiosos neologismos germanos, como “Dasein” (Ser ahí), “In der Welt Sein” (Estar en el Mundo), lo que le dió pretexto a José María Valverde, catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona a unos versos que le hubieran calificado de heresiarca y tildado de anatema entre los escolásticos o escolares del momento:

“Cascando la palabras como nueces alumbra Don Martín perogrulleces” Fataban aún mil años. No había llegado el coronavirus.

Darío Vidal – Periodista