Últimamente pienso mucho en la importancia del individuo dentro del microcosmos que supone cada uno de nuestros pueblos, donde toda persona sostiene, a su manera, parte del equilibrio común.

Hay una canción de Carlos Ares que me gusta mucho y que ahonda en la idea de que nadie es, en realidad, insustituible. Dice así: «Tú que te crees el as de la baraja/ Eres una miga del pan de cada día/ De la gran panadería de los necios/ Que se creen importantes todavía/ Yo te puedo asegurar con garantía/ Que nadie se va a dar cuenta de tu baja/ Eres una astilla en el marco de una caja/ Hecha para decorar la estantería».

Hace ya unos meses, visitó Apadrinaunolivo.org -el proyecto donde actualmente trabajo- un fotógrafo que venía a tomar unas cuantas imágenes para The New York Times. Junto a mi compañera, lo acompañamos hasta diferentes puntos de Oliete mientras hablábamos sobre la importancia de retener población y atraer habitantes hasta zonas como la nuestra. Le sorprendió muchísimo que aquí una sola familia pudiese cambiar el destino de un pueblo. Y, sin embargo, ocurre: basta con reabrir un negocio, mantenerlo, sostener un servicio o sumar niños a la escuela.

Entonces pensé en Ana. Regentaba un comercio familiar en Albalate que estuvo abierto durante décadas, hasta que un incendio acabó inesperadamente con su vida. Ana era, como muchas otras personas, más que una vecina. Su tienda cerrada en el medio del pueblo desde aquel día nos recuerda lo evidente: aquí cada persona cuenta. Con ella se fue un comercio local que era mucho más que eso: atesoraba los recuerdos de quienes crecimos allí, de generaciones enteras, y era un indudable punto de socialización, donde comprar era también conversar, reconocerse, sentirse parte de algo compartido.

Es cierto: todos somos, en esencia, una diminuta astilla. Pero cuando la estantería es pequeña (o pequeñísima), la ausencia de una sola astilla deja un hueco visible, una grieta que no siempre se puede disimular ni cerrar.

Esta columna va dedicada a todas las personas que, como Ana, han sostenido y sostienen la vida social, económica y cultural de nuestros pueblos. Ahí está la base de una vida en común que, por algún motivo, cada vez nos resulta más ajena.

Alicia Martín