Me cabrea cuando mis hijos juegan con pistolas. Se disparan y se tiran al suelo como si que te asesinen fuera una elección y morir fuera reversible. Resucitan casi antes de caer sobre el sofá y la munición no se les termina nunca.

«Mamá, no te enfades, son balas de agua», me dice el de cuatro años para rebajar la tensión de mi entrecejo. Les intento explicar por qué no me gusta ese juego: en otro lugar, que no está tan lejos como parece, en este mismo instante, hay niños a los que están disparando de verdad y nunca más volverán a divertirse con ningún juego.

«¿Pero se pueden defender, no?», me pregunta el de seis años. Es lo malo de las guerras, le digo, que además de una locura y una barbaridad, tampoco son justas. Muchas veces solo atacan unos y los otros no tienen más opción que... «Morirse —me interrumpe—. ¿Pero pueden huir, no?».

Les explico que son muchísimas personas, cerca de un millón, y que no tienen fuerzas suficientes porque apenas les queda ni comida ni agua. «¿Y si van al súper? ¡Ah, igual es que tampoco les queda dinero porque han destruido los bancos y no pueden sacar billetes del cajero!».

Rescato un puzle de la estantería lo más rápido que puedo en un intento de terminar la conversación. No encuentro palabras lógicas que respondan a sus preguntas. Si les digo la verdad, que no tienen a dónde ir, estoy segura de que ofrecerán nuestra casa de Jatiel (porque tiene más habitaciones), la mitad de su merienda y los botellines de agua que almacenamos en la despensa.

¿Cómo se le explica a un niño lo que está pasando en Gaza? Que ya van más de 62.000 muertos y el 83% eran civiles, según la propia Inteligencia Militar de Israel. Que se mueren de hambre, que hacen saltar por los aires los camiones que les llevan agua, que a más de 1.500 los han asesinado mientras esperaban recibir algo de comida en un punto «seguro», convertido de repente en trampa mortal.

Podría no hablarles del tema y dejar que sigan jugando a dispararse. En cambio, tienen que saber que existen personas muy malas dispuestas a todo, pero que no todo vale.

La palabra «genocidio» que tanto van a escuchar no debería ni siquiera existir y por eso mamá se pone muy triste cuando se disparan, aunque sea con balas de agua.

Cristinica Gómez. Cosas de locos