Un año más asistimos a cómo se nos quema España. Y este año, tocando de pleno a Aragón. Tenemos el cóctel perfecto: lluvia abundante en invierno y primera mitad de primavera; ambiente seco después y un mayo, junio y julio secos y extremadamente calurosos. Es el mismo caldo de cultivo que en 1994. Pero hace 32 años no hizo tantísimo calor y las masas forestales eran algo menos densas. Todo ello tras tres años con veranos muy cálidos, sin nevadas en cotas medias y bajas —que aplastan el sotobosque— y sin que nadie haya hecho nada.

En agosto de 2025, el titular del Gobierno central habló del mismo «pacto de Estado por la emergencia climática» del que habla ahora. Lo hizo tras el catastrófico incendio de Zamora, en el que se quemaron núcleos urbanos. Casas. Viviendas. Este año hemos asistido a esa dantesca situación en Aragón. Se han quemado casas en Asín y Uncastillo. Y los incendios del Matarraña y el Maestrazgo han amenazado a núcleos como Ráfales, Peñarroya de Tastavins, Fuentespalda y Ejulve.

Pero son palabras vacías. El citado pacto de Estado es imposible. Y eso lo sabe cualquiera ante la polarización actual. Porque con ese nombre no solo se habla de masas forestales, sino de modelo energético, transporte y de cuestiones que, a gran escala, afectan a los bosques, pero que, a corto y medio plazo, son cuestiones que no van a tener impacto real, es decir, una bajada del riesgo de incendios.

En una cuestión sobre la «emergencia climática» estarán los antinucleares, los pronucleares; los antirrenovables, los pr Renovables ordenadas y los prorrenovables a saco y con apisonadora; estarán los proprohibir todos los coches de combustión interna y los anti eso; los negacionistas, etc. Y, al final, todo se diluye y es demasiado abstracto como para abordar el tema que nos ocupa: la gestión de las masas forestales.

Lo que hace falta es un pacto en favor del mantenimiento y gestión de las masas forestales. En el que tengan voz y voto los agricultores, los ganaderos, los vecinos de la España vaciada, los técnicos, los ingenieros agrónomos, los APN, los bomberos forestales, los alcaldes, los propietarios… y «atacar» el problema real: masas forestales que llevan más de 60 años colonizando entornos de núcleos urbanos y antiguas superficies agrarias.

Esto es como si hay una pandemia y nos perdemos en debates estériles sobre las causas de una nueva pandemia, pero no buscas la vacuna —y, además, no haces nada—. Pues aquí igual, hace falta una vacuna. No inacción y globos sonda.

¿Vacuna contra qué? Contra unas masas forestales más densas y extensas que nunca. Lo cual es un patrimonio, pero no hay derecho a que se pueda prohibir a un vecino o propietario coger un par de troncos para echar a su chimenea y que luego no se haga nada tras un devastador incendio.

Contra unos veranos cada vez más largos y calurosos; contra una presión turística cada vez mayor; y contra unas trabas que padecen ganaderos, agricultores, pastores —puede que seamos el país de Europa que peor los trata—, cazadores, pescadores, propietarios de fincas y vecinos en general de sus municipios, que luego ven con impotencia cómo se les quema todo.

Y ahí tiene que estar no solo el Estado, proponiendo pactos abstractos, sino también la Administración autonómica, y dejar hacer a los municipios y a los propietarios.

Además, el problema principal ya lo tenemos. El extraordinario calor, que parece que —aunque muchos lo nieguen— ha venido para quedarse, es solo un factor agravante. Es un detonante importante, sí, pero un detonante más.

Aunque volviésemos a 1990, tendríamos igual esos polvorines de bosques. Y solo haría falta una chispa y una ola de calor para prender fuego a una masa forestal. No puede ser que aquí no se establezcan perímetros de seguridad con campos labrados y bosques aclarados en un perímetro de exclusión de los núcleos urbanos.

Pero mucho me temo que la única solución será confiar en que llueva y en que el verano pase sin que afecte a mi pueblo. Una pena…

Javier de Luna. Meteorólogo