Amanece marzo y en Calanda el aire ya pesa distinto. No es solo el cambio de estación, es ese cosquilleo en las muñecas que avisa de que la tregua del silencio está a punto de acabarse. Estamos a las puertas de que el cuero y la maza vuelvan a ser la única ley en la Plaza de España. Y en este mes es de justicia recordar que el cineasta no solo llevó a Calanda en la maleta: la convirtió en un latido universal
Buñuel no eligió el tambor, el tambor lo eligió a él. Lo escuchó con apenas dos meses de vida, en la Semana Santa de 1900, y aquel estruendo se le quedó grabado como una quemadura de la que nunca quiso sanar. Décadas después, desde su exilio en México, el director confesaba que aquel sonido era un «fenómeno cósmico» que hacía temblar no solo el suelo, sino las conciencias de quienes se atrevían a escucharlo sin prejuicios. No era nostalgia de postal, era una necesidad biológica. Por eso, cuando en sus películas —como en Nazarín o Simón del desierto— irrumpen los redobles calandinos, no estamos ante un simple recurso sonoro de fondo… estamos ante el sello de identidad de un hombre que, por muy surrealista que fuera, siempre tuvo los pies hundidos en el adobe y el polvo del Bajo Aragón
«Ignoro qué es lo que provoca esta emoción», dejó escrito en Mi último suspiro, sus memorias publicadas en 1982, apenas un año antes de su muerte. Esa confesión es quizá la más honesta de toda su carrera: un genio que se codeó con Dalí, desafió a la censura vaticana y escandalizó a la alta burguesía de París, admitiendo que el misterio más grande de su existencia no estaba en sus complejos guiones, sino en el estremecimiento irracional de un mediodía de primavera en su pueblo natal. Buñuel entendió antes que nadie que el tambor de Calanda no es folclore, ni siquiera es música en el sentido estricto, es un lenguaje primario que escapa a la razón y golpea directamente en el inconsciente colectivo
Esa fascinación por el estruendo se manifiesta de forma casi ritual cada año en la madrugada del Viernes al Sábado Santo. Es la llamada Hora Buñuel. A las 2 de la mañana, cuando el cansancio debería empezar a hacer mella, los tamborileros se reúnen frente a la estatua del cineasta en la Plaza de España. Allí, bajo su mirada de bronce, el redoble se vuelve íntimo, casi un diálogo privado entre el pueblo y su hijo más ilustre. Es un gesto que dice más que cualquier discurso: Calanda reconoce que su proyección al mundo es inseparable de la figura del hombre que supo escuchar el latido de su tierra y proyectarlo en las pantallas de todo el planeta
Cada año, cuando vemos la Plaza de España rebosar de miles de túnicas moradas, conviene recordar que ese mapa cultural lo dibujó él con su pluma y su cámara. En su niñez, los tamborileros apenas pasaban de trescientos, una cifra modesta que hoy se ha multiplicado hasta convertirse en una legión que ha conquistado el título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Calanda es hoy una de las capitales culturales del mundo porque Luis Buñuel supo contarle a la humanidad que la verdadera vanguardia, la emoción más pura y salvaje, estaba aquí, en el «ritmo secreto» que nace de nuestras manos
Este marzo, cuando los tambores vuelvan a templarse y las mazas busquen el centro del parche, sentiremos que el círculo se cierra una vez más. Buñuel recorrió París, Hollywood y Ciudad de México para acabar volviendo siempre al mediodía de su plaza. Se codeó con los grandes del siglo XX, ganó un Oscar y revolucionó el arte, pero su brújula siempre marcó hacia el sur del Ebro
Jorge Herrero. Papel y pixel


Enhorabuena por el artículo. Ojalá la hora Buñuel se lograse mantener. Ha sido muy buena iniciativa por parte de su alcalde….que no acaba de cuajar, pero que debiera serlo. Estoy convencido que el tiempo le dará la razón. Mas iniciativas como esa…
Pues si, los calandinos tendrían que cuidar esa hora, porque la vida es una continua mejora, porque no solo los une a Buñuel, los une a todos los calandinos a los que hay que recordar, que tocaron el tambor antes que él, que hicieron que él se estremeciera y disfrutara al oírlos desde niño, que lo enseñaron a hacerlo a tantas y tantas generaciones, que Buñuel lo enseño al mundo.
Cada madrugada de Sábado Santo, los calandinos en ese toque mágico, seguro se sentirán, junto a la figura de Buñuel, mas cercanos a sus antepasados, al amigo que se fue hace poco, al abuelo que se fue hace años y nos enseño a coger los palillos y dar las primeras palilladas de esa magnifica PALILLERA. Enhorabuena y no la dejéis perder, el futuro se hace hoy.