Hay cosas que uno da por sentadas cuando trabaja en educación de adultos. Por ejemplo, que tus alumnos van a clase porque quieren, no porque les obliguen. O que tienen vidas fuera del aula. O que muchos de ellos cargan con una mochila de frustraciones educativas del pasado que pesa más que cualquier libro de texto.
Lo que no das por sentado —al menos yo no lo hacía hasta marzo— es ver a Dorotea, de 77 años, subirse a una furgoneta rumbo a Burdeos con la misma ilusión que si fuera a conocer a los Beatles. O escuchar a Pascual, de 73, declarar sin ironía que va a apuntarse al «curso de memoria para que no se me olvide todo lo que he vivido aquí». Pero vayamos por partes, que esto merece contexto.
El proyecto (o cómo llevarse a diez personas a Francia sin perder a ninguna)
Dentro de nuestro programa Erasmus+, el CPEPA Andorra decidió este año dar un paso más allá de las visitas de observación entre profesores. Queríamos internacionalizar de verdad, es decir, meter a nuestro alumnado en el berenjenal europeo, con todo lo que eso implica: idiomas que no controlas, costumbres que no entiendes y la sospecha permanente de que estás haciendo el ridículo en otro país.
El objetivo oficial era trabajar los valores europeos, la diversidad cultural y reducir la brecha digital. El objetivo extraoficial era demostrar que la edad, el género o vivir en un pueblo de Teruel no son impedimentos para nada. Y de paso, pasarlo bien, que la vida es muy corta y Burdeos muy bonita.
Así que nos plantamos en Cap Ulysse, un centro de formación bordelés especializado en movilidad europea, formación intercultural e integración profesional. Un sitio perfecto para lo que buscábamos: gente acostumbrada a trabajar con diversidad, metodologías innovadoras y, lo más importante, profesionales que no se asustan cuando apareces con un grupo que va de los 29 a los 77 años.

El lema del proyecto era «One Culture», que suena muy bien en inglés, pero que cobra sentido cuando metes en la misma sala a nuestros alumnos con mujeres de Canadá, Congo, Taiwán, Azerbaiyán y Turquía. De repente, los valores europeos dejan de ser un rollo administrativo de Bruselas para convertirse en conversaciones ―aunque sea a través de la mímica― reales sobre qué significa vivir en un sitio, sentirte parte de algo o como se hace la tortilla de patata.
Y aquí entra la magia de Marilou, Julie y Julia, las tres formadoras locales que se volcaron con nosotros de una manera que todavía me sorprende. Porque una cosa es organizar talleres bonitos y otra muy distinta es hacer malabares lingüísticos para que todo el mundo entienda, participe y se sienta cómodo. Cuando tienes gente cuyo francés es casi inexistente, cuyo inglés es tímido y el español es la lengua predominante, pero no para todo el mundo, necesitas algo más que buena voluntad. Necesitas profesionales que sepan convertir las barreras de comunicación en puentes creativos.

Y vaya si lo consiguieron. Las sesiones de trabajo fueron cualquier cosa menos aburridas. Grabamos vídeos. Creamos carteles. Hicimos dinámicas que en otro contexto habrían parecido absurdas pero que allí, con gente de cinco continentes, cobraban sentido. Hablamos de cualquier cosa, incluso de valores europeos, y todo sin aburrirnos. Inclusión sin panfletos.
Y lo mejor: todos participaron. Absolutamente todos. Marisa, Celia, Angelines, Mathilde, Tamara… cada una aportó su visión, su historia, su manera de entender el mundo. Porque resulta que cuando te sientas con alguien de Uganda a hablar de tradiciones familiares, descubres que tu pueblo de Teruel y su aldea africana tienen más en común de lo que pensabas. Y eso, amigos, no viene en ningún manual de competencias clave.

Burdeos de fondo (porque no todo iba a ser pedagogía)
Como parte del programa Erasmus, nuestro centro organizó también el resto de las jornadas. Y aquí permítanme una confesión: teníamos claro que íbamos a Burdeos a aprender, sí, pero también a disfrutar. Porque viajar es una forma de educación que no cabe en ningún aula.
Así que paseamos por la orilla del Garona. Brindamos con vino de Burdeos (sería de mala educación no hacerlo). Visitamos la ciudad, sus plazas, sus calles de piedra, su arquitectura que te hace sentir pequeño y afortunado al mismo tiempo. Comimos bien, reímos mejor y creamos recuerdos de esos que no se borran.
Porque al final, esto va de eso: de crear experiencias que te marquen. De que Marisa pueda decir «la maleta llena de recuerdos» y que no sea una frase hecha. De que Mathilde hable de «personas inolvidables» y sepas que lo dice de verdad. De que Tamara confiese que fue «con nervios, incertidumbre y con la sensación de querer y no querer» pero que menos mal que aprovechó la oportunidad.

Hablemos claro: este proyecto tenía como objetivo reducir la brecha de edad y de género. Y sí, suena a jerga de informe europeo. Pero cuando ves a Dorotea, de 77 años, participando en talleres creativos con naturalidad, o a Celia, de 72, declarando que espera «que estas buenas sensaciones se queden con nosotros para siempre», entiendes que no es retórica.
La brecha no se cierra solo con una semana. No obstante, y como dijo el educador Paulo Freire: «La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo».
Angelines resumió el viaje mejor que yo: «Me habéis enseñado muchísimo. Recordaré este viaje con una sonrisa en la boca». Y esa es la clave. No se trata solo de lo que aprendiste sobre valores europeos o competencias clave. Se trata de cómo te sentiste haciéndolo.
Nos llevamos la experiencia de haber convivido con gente de otras culturas y descubrir que, en el fondo, todos queremos cosas parecidas: respeto, oportunidades, risas y un buen plato de comida. Nos llevamos la confirmación de que la educación de adultos tiene sentido precisamente porque los adultos eligen estar ahí. Nos llevamos la certeza de que nuestro pequeño centro de Teruel, tiene mucho que decir en el contexto europeo.
También nos llevamos amistades. Porque al final, los proyectos Erasmus funcionan cuando dejan de ser proyectos y se convierten en relaciones humanas. Marilou, Julie, Julia: gracias por tratarnos no como «el grupo español» sino como personas. Gracias por el esfuerzo extra con los idiomas, por la paciencia, por las risas y por demostrarnos que la pedagogía de verdad es esa que se preocupa por que nadie se quede atrás.
Y sé que todavía hay gente que piensa que estas cosas son un gasto, que para qué mandar a gente mayor a Francia si podrían estar en casa tranquilos, que si Europa, que si burocracia, que si esto no sirve para nada. Bueno, pues que sepan al menos esto: la educación no es solo transmitir contenidos. Es abrir puertas. Es demostrar que puedes. Es dar oportunidades que parecían imposibles. Es recordarte que la vida no se acaba a ninguna edad y que siempre, siempre, hay algo nuevo que aprender.
Porque como dijo Marisa: «Burdeos nos abrió las puertas, ¡pero nosotros le pusimos el alma!»
Advertencia: este Erasmus ha sido solo el comienzo.

Miguel Gardeta Lordán. Coordinador Erasmus+ CPEPA Andorra

