Terminada ya la Semana Santa voy a elucubrar sobre lo que me han sugerido algunas de las cosas vistas en los actos celebrativos de la misma. Al hablar con seriedad de la Semana Santa no se debería olvidar que se trata de un periodo de tiempo en que la Iglesia Católica celebra la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Algo, pues, religioso.

El tiempo ha ido macerando ritos y ceremonias que, convertidas en tradiciones (unas más o menos antiguas que otras), han acabado convirtiéndose en espectáculos mantenidos y disfrutados por pueblos enteros, atrayendo visitantes. Convertidas, pues, en atractivo turístico.

Siendo las procesiones de Caspe y de otras muchas aragonesas, quiero hacer notar la pérdida de elementos que llegaron a tener antaño y de las que carecen las últimas manifestaciones de las mismas; me refiero a la presencia de figuras bíblicas y al cubrirse alguna cofradía con tercerol.

Este año solo ha salido una adolescente encarnando la figura de Judith con la cabeza recién cortada de Holofernes y la espada ensangrentada. Una figura bíblica que, por ser la única y por el impacto visual que producía, cobraba un interés relevante difícil de justificar su presencia ante la ausencia de otras menos 'gore'.

El tercerol lo he visto yo usar por la cofradía que se estableció después de la Guerra Civil por parte de hombres que habían sido cautivos del ejército republicano, habiendo cumplido condenas en campos de concentración, y que procesionaba con un cristo de tamaño pequeño, que todavía sale en las actuales procesiones, y al que se le llama el "Cristo de los excautivos". Pues bien; recuerdo perfectamente que esa cofradía salía con la cabeza cubierta por elegantes terceroles de raso plegados, según la forma de cubrirse en la Semana Santa caspolina de antes de la guerra.

La ausencia de velas y hachones de cera sería otra de las carencias notables de las actuales procesiones de la Semana Santa caspolina. Frente a estas carencias está la apabullante presencia actual de bombos y tambores, inexistente hasta los años 60 del siglo XX, en que solo había algún que otro tambor para marcar el paso de los cofrades.

Hasta que la Iglesia lo cambió, el sábado era de Gloria, y es cuando en Madrid se estrenaban las películas de la temporada. En Caspe se celebraba el martes de Pascua yendo de romería a la ermita de San Bartolomé, a orillas del Ebro. Luego se cambió esa fiesta al lunes, como se hacía en las vecinas tierras catalanas, para poder compaginar la fiesta con nuestros vecinos, muchos de ellos emigrados de Caspe en los años 50 y 60.

Alejo Lorén