La setmana passada, l’Amical de Mauthausen va tornar a fer cap pel Matarranya per projectar lo documental «Carretera a Gusen», després que, al poc d’estrenar-lo, ja el van passar a Pena-roja. En esta ocasió, lo divendres 26 de setembre, es va projectar al CSA L’Argilaga de Massalió i, en undemà dissabte, a Nonasp, en una activitat organitzada per l’associació Amics de Nonasp.
Fa 80 anys, l’any 1945, es van alliberar els camps de concentració i extermini nazis. Aquells espais van ser l’escenari del sofriment indescriptible de mils de persones deportades, perseguides i assassinades pel simple fet de qui eren, del que pensaven o del que representaven. Dels 9.000 republicans espanyols exiliats a França que van ser enviats pels nazis als camps de concentració, més de 5.000 van morir.
L’acte es va iniciar llegint les biografies dels tres nonaspins morts a Gusen: Agustín Andrés Andreu, Manuel Franc Rams i Manuel Rams Taberner. Davant la imminent entrada de l’exèrcit franquista a Nonasp, van marxar cap a França, on van ser detinguts i enviats a diferents camps de concentració, passant pel de Mauthausen i, finalment, Gusen, a on van morir.
A continuació es va fer la projecció del film «Carretera a Gusen», dirigit per Eloy Calvo i produït per l’Amical de Mauthausen, que narra el viatge en bicicleta que va fer Àlex Cirera resseguint les passes de son iaio, Félix Izquierdo, fins al camp de concentració i extermini de Gusen, on va morir el 1941.
Seguidament, Juan Manuel Calvo, president de l’Amical de Mauthausen, i Àlex Cirera van fer un interessant col·loqui per acabar de perfilar alguns aspectes del documental, i al qual també s’hi van afegir los comentaris i els testimonis de diverses persones del públic.
Com a societat tenim la responsabilitat de no oblidar mai lo que va passar, perquè l’oblit és el terreno a on pot tornar a créixer la intolerància i l’odi. Fer memòria del passat no és un exercici de nostàlgia, sinó un acte de compromís en lo present i en lo futur.
Estela Rius. Viles i gents


Para conocer los españoles la catadura moral y la extraordinaria crueldad de la dictadura de Franco nos puede servir una referencia la de Helen Graham en su libro Breve historia de la guerra civil de Espasa y Calpe, 2006, en su pag. 156. Para mí, uno de los mejores libros sobre la Guerra Civil .
«Franco no puso reparos cuando los nazis le propusieron despojar de la condición de prisioneros de guerra a los miles de republicanos españoles que se hallaban en su poder, accediendo así a que fueran enviados de los stalags (campos de prisioneros de guerra) a los campos de concentración. Fue la negativa de Franco a reconocer la nacionalidad española de los prisioneros lo que abrió la vía a la deportación. En efecto, las autoridades nazis anunciaron su política el 25 de septiembre de 1940, durante la visita a Alemania del lugarteniente de Franco, Ramón Serrano Suñer, ministro del Interior ( y en octubre de 1940, también de Asuntos Exteriores) y jefe de la Falange. A partir de entonces los republicanos españoles fueron recluidos en muchos campos de concentración diferentes: Dachau, Oranienburg, Buchenwald, Flossenburg, Ravensbrück, Auschwitz, Gusen, Bergen-Belsen, Neuengamme y, sobre todo, Mauthausen. La mayoría de los prisioneros republicanos llevaban en sus uniformes de campo, el triángulo azul de los apátridas. Pero algunos lucían el triángulo rojo que señalaba a los deportados políticos, clasificados por la burocracia nazi como Nacht und Nebel: prisioneros cuya militancia antifascista los condenaba a las destrucción total, como si desaparecieran en la «noche y niebla» de la alusión wagneriana que daba nombre a la política. En los campos nazis murieron alrededor de 10.000 republicanos españoles».
No tiene sentido moral, histórico ni político esperar que Franco protegiera a quienes acababan de perder la guerra contra él y deseaban su caída y su muerte.
Los republicanos no huyeron como prisioneros, sino como derrotados libres, buscando refugio.
Y fue la “democrática” Tercera República Francesa la que los internó en campos miserables, mucho antes de la invasión nazi alemana.
En esos campos —Argelès, Saint-Cyprien, Gurs— murieron miles de «prisioneros» republicanos por hambre, enfermedades y frío. Franco, en ese contexto, no los consideraba ciudadanos leales, sino, naturalmente, enemigos irrecuperables. Su silencio o indiferencia no es admirable, pero sí coherente.
La Francia democrática los encerró y los asesinó,
La Alemania nazi los esclavizó y los asesinó.
Y Franco solo los olvidó.
Cada cual con su cuota de responsabilidad, pero la infamia inicial fue de la Francia «democrática» que los convirtió en “prisioneros” y los trató como ganado.
Es un honor debatir con usted, D.Cándido.
Perfecto. Me alegro Jorge. En el libro titulado Fanatismo (2020) y publicado por Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición en la República de Colombia he podido conocer un término muy interesante; “diálogos entre improbables”, según la expresión del profesor John Paul Lederach. Para este investigador estadounidense, experto en resolución de conflictos y exdirector del Instituto Kroc, el diálogo entre opuestos es fundamental en escenarios donde se busca una transición para pasar de la violencia armada a una política sin violencia. Nos dice que los seres humanos tendemos a conversar y debatir con quienes piensan y sienten en forma parecida. Estas conversaciones entre semejantes son agradables, pero suelen ser improductivas, pues refuerzan nuestros prejuicios y el rechazo a quienes son distintos. Por esa dinámica, Lederach concluye que el cambio democrático sustantivo y duradero “no surge de espacios de personas que piensan igual”, sino cuando logramos “espacios de personas no muy probables”, esto es, de personas “que vienen de formas de entender, percibir, ver el mundo muy distintas”. Imaginen, por ejemplo, un diálogo genuino entre un místico y un ateo, un guerrillero y un paramilitar, un comunista y un neoliberal. Según Lederach, cuando personas tan diferentes logran una conversación honesta “podemos decir que ya se da un milagro”. No me resisto a imaginar un diálogo entre Puigdemónt, Gabriel Rufián, Santiago Abascal, Cayetana Álvarez de Toledo y Arnaldo Otegi. Sería un auténtico milagro. Estos diálogos entre improbables son difíciles, pues pueden llevarnos a dudar de nuestras convicciones más profundas. Pero son enriquecedores personalmente, pues nos permiten descubrir otras visiones. Tienen además un valor social profundo: enseñan el respeto, o al menos la tolerancia, entre personas y grupos con visiones del mundo distintas, que es una condición necesaria para la existencia de una democracia pluralista y el combate a los fanatismos.
Es justo recordar a los deportados republicanos, pero también decir lo que casi siempre se oculta, al huir a Francia no los recibió la libertad, sino las alambradas de los «demócratas». La República democrática francesa los confinó en campos miserables como Argelès o Saint-Cyprien, tratados como delincuentes. Allí empezó su calvario, mucho antes de caer en manos nazis. La memoria solo tiene valor si se cuenta entera, también lo que duele.
Pero, vamos a ver, quién oculta el mal trato que los republicanos recibieron en Francia. Te recomiendo este artículo mío en NuevaTribuna 10 de enero de 2019, que lleva este título. “Los españoles no saben en realidad quiénes son, pues ignoran quiénes fueron». Te pongo un largo fragmento y verás cómo se refleja la vergüenza del trato de Francia a los republicanos.
Es conocido que una auténtica avalancha humana de exiliados republicanos pasó la frontera hacia Francia para huir de las represalias de la dictadura franquista. El trato de las instituciones francesas fue vergonzoso, como mostraré más adelante. Todo lo contrario que el dispensado por Lázaro Cárdenas, el presidente de la República de México de 1934 a 1940, que desde los inicios de la Guerra Civil española nos tendió una mano amiga. Dio asilo político en su embajada a los que padecían los rigores del conflicto, tomó a su cargo a más de 400 niños españoles (Morelia) y tras el conflicto, acogió cerca de 25.000 españoles del bando republicano. No sólo a los intelectuales de prestigio, los investigadores o los científicos. También los artesanos, los obreros, los agricultores.
Frente a la desvergüenza del gobierno francés de entonces sobresale el siguiente comunicado de Cárdenas, de 23 de junio de 1940 a su embajador en Francia, Luis I. Rodríguez: «Con carácter urgente manifieste usted al Gobierno francés que México está dispuesto a recoger a todos los refugiados españoles de ambos sexos residentes en Francia. Diga usted que este Gobierno está tomando medidas conducentes para llevar a la práctica esta resolución en el menor tiempo posible. Si el Gobierno francés acepta en principio nuestra idea, expresará usted que desde el momento de su aceptación, todos los refugiados españoles quedarán bajo la protección del pabellón mexicano. Asimismo, de aceptar el Gobierno francés, sugiera usted forma práctica para realizar propósito, en la inteligencia de que en atención a las circunstancias, nos dirigimos a Gobiernos alemán e italiano, comunicándoles nuestro deseo. Conteste urgentemente».
Rodríguez pese al cruento escenario tras la intervención nazi, cumplió su misión urgente en aquella Francia humillada y de gobiernos divididos, para lograr la salida de miles de refugiados. Además escribió un libro extraordinario sobre estos momentos trágicos de Francia Ballet de Sangre. La caída de Francia, con un prólogo precioso de Pablo Neruda, del que extraigo estas palabras: “Luis I. Rodríguez actúa cuando ya la araña feroz está engullendo y digiriendo la catástrofe. Ya ha terminado la comedia angustiosa de España. Franco está sentado sobre un millón de cadáveres; las cárceles están apretadas de seres humanos; el destierro divide a España con una cicatriz inolvidable, entre un pueblo famélico y martirizado que quiere salir y un río de desterrados que esperan el regreso. Nadie habla ya de civilización occidental defendida: España es la primera víctima de una conspiración criminal y Franco un pequeño lacayo, barrigudo y sangriento, poseído también de un odio recalcitrante por la cultura y la libertad. A la historia diplomática y pública de México, pertenece desde hoy este noble y elevado libro…Este libro es una nueva enseñanza, agregada a las de cada día. Enseñanza más digna de ser tomada en cuenta que la noticia de una batalla perdida, porque esta sumersión en el torbellino, en el corazón traicionado de Francia, en la danza de la sangre, está hecha con la ternura, con la nobleza y la misericordia de un hombre que, como Luis I. Rodríguez, llevó a ese pueblo y a ese drama, con la representación de México, las manos acogedoras de América y las llaves de la Libertad”.
Rodríguez salvó además a Manuel Azaña y Juan Negrín. Merece la pena destacar su conversación mantenida con el general Petain, el cual le pregunta: «¿Por qué esa noble intención que tiende a favorecer a gentes indeseables?» Rodríguez: «Le suplico la interprete usted, como un ferviente deseo de beneficiar y amparar a quienes llevan nuestra sangre y nuestro espíritu». Le replicó Petain: «Pero llamemos a esa actitud impulso de humanidad, mejor que auxilio a Francia, porque de sobra conocemos que en las grandes miserias las ratas son las primeras que perecen, y en el caso nuestro, los exiliados de España estarían obligados a llevar ventajosa delantera a mis compatriotas».
Rodríguez nos describe con extraordinario realismo y crudeza los campos de concentración franceses, ofrecidos como albergue a españoles: «Deshonran al Gobierno francés y a un pueblo que creímos un positivo baluarte de solidaridad humana, de hospitalidad fecunda y limpia. No exageramos al decir que esas prisiones, ni siquiera dignas de enemigos, son claro exponente de almas retacadas de hollín, de cerebros enloquecidos por la ruindad y el miedo; son obra del desastre moral de Francia, del egoísmo, de la estulticia, de la falta de fe en el destino propio. En nombre de su trilogía vital, esgrimían y esgrimen la técnica de complicada tortura; en nombre de la Libertad, encadenan a sus hermanos de ayer, haciéndoles sentir, con refinada crueldad, el innoble peso de una esclavitud que no merecen; en nombre de la Igualdad los encierran en los campos de concentración —dantescas cárceles con verdugos senegaleses—, y los señalan con diversos colores puestos sobre el pecho, acorralándolos como bestias “infestadas” de rebeldía y pundonor. En nombre de la Fraternidad, los dejan morir los dejan morir de dolor y de hambre, frente a un horizonte de púas y de mugre; se burlan de su desgracia deshonrando la ironía; martirizan a los niños prisioneros cuando los ven jugando; la bayoneta del negro rompe la pelota de goma policromada; escupen contra los sabios su enano desprecio; ultrajan a las mujeres con su chata lascivia y persiguen a las adolescentes con sus ojos de batracio y sus gestos fangosos. Estos mezquinos sacristanes en esa “misa negra” de Francia, se empeñan en llenar de pesadumbre el corazón de los refugiados españoles; pero jamás podrán inocularles su cobardía. Quienes defendieron Madrid, escribiendo una heroica gesta que es un ancho respiro en esta cloaca de pasiones y de intereses bastardos, con sólo su presencia irritan a los que están dispuestos a pactar con el enemigo, pensando únicamente en el precio de la deshonra. Por eso les molesta ver tanta miseria material, pero tanta riqueza de espíritu; por eso les indigna contemplar una serenidad, una fortaleza, un egregio coraje y una dignidad que ellos, los opresores, han olvidado en esta hora de prueba para el mundo”.