Estimado Karlos:
Te escribimos desde la Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón, UAGA-COAG, después de ver la campaña publicitaria de Lidl en la que prestas tu imagen para promocionar productos frescos y de temporada bajo el lema «El ahorro entra por la cocina».
En uno de los folletos de la campaña se anuncia el paraguayo de origen España a 2,09 euros el kilo, destacando una rebaja del 26 % respecto al precio anterior de 2,85 euros. Una oferta que se presenta como una oportunidad para el consumidor y que se apoya, además, en tu popularidad y en la imagen de un cocinero que ha contribuido durante décadas a acercar los productos frescos y la alimentación de calidad a millones de hogares.
Pero detrás de ese precio hay una pregunta que no aparece en el folleto: ¿cuánto recibe el agricultor o agricultora que ha producido ese paraguayo?
Porque una rebaja de este tipo, presentada como un gran reclamo comercial, puede tener consecuencias muy serias para quienes están en el inicio de la cadena alimentaria. Cuando la distribución utiliza el precio de la fruta como gancho para atraer consumidores, el ahorro que se anuncia acaba trasladándose casi siempre, directa o indirectamente, al eslabón más débil: el productor.
Y eso ocurre en un momento especialmente preocupante. Desde UAGA-COAG acabamos de denunciar, por segundo año consecutivo, prácticas comerciales deshonestas en la comercialización de la fruta. En el caso del melocotón amarillo y de la nectarina, se están registrando precios en origen que no cubren los costes de producción. Las liquidaciones de algunas producciones frescas no han alcanzado los 0,50 euros por kilo, cuando el coste estimado de producción se sitúa en torno a 0,58 €/kilo.
Por eso creemos que, cuando una persona presta su imagen para promocionar una campaña comercial, también debería interesarse por el uso que se hace de esa imagen y por las consecuencias que puede tener. Y quizá tú, Karlos, deberías preguntar a Lidl si el productor de esos paraguayos vendidos a 2,09 euros/kilo recibe un precio justo y por encima de sus costes de producción.
No todo vale para ser «el número uno de la semana».
Desde UAGA-COAG no cuestionamos que se promueva el consumo de frutas y verduras de temporada. Al contrario: los agricultores y agricultoras somos los primeros interesados en que aumente el consumo de productos frescos y en que se valore la fruta producida en España. Pero promocionar el producto no puede significar devaluar el trabajo de quien lo cultiva.
Detrás de cada kilo de paraguayos, melocotones, cerezas o nectarinas hay un año entero de trabajo. Hay podas, tratamientos, riego, fertilización, control de plagas, inversión, riesgos climáticos y muchas horas de dedicación. Por tanto, el sustento de los fruticultores y fruticultoras depende de recibir un precio que, como mínimo, cubra los costes de producción y les permita mantener la actividad de forma digna y rentable.
Llegados a este punto, nos gustaría destacar que también es importante educar al consumidor. Hay que explicarle que la fruta barata no siempre significa una compra justa. Que detrás de una oferta llamativa puede existir una presión insoportable sobre el productor. Y que consumir productos españoles y de proximidad también implica reconocer y remunerar adecuadamente el trabajo de quienes los producen.
Por eso te pedimos que utilices tu capacidad de comunicación para mirar más allá del precio final y preguntar qué ocurre en el origen. Que ayudes a poner en valor la agricultura y a defender una cadena alimentaria más equilibrada, transparente y justa.
Porque, Karlos, ser «el número uno de la semana» no debería ser sinónimo de comprar más barato a cualquier precio. Debería significar saber qué hay detrás de cada oferta, conocer cómo se ha producido el alimento y comprobar que quien lo ha cultivado recibe una remuneración justa. Porque el verdadero número uno no es quien consigue el precio más bajo, sino quien apuesta por productos de calidad sin dejar atrás a quienes los producen.
El consumidor tiene derecho a pagar un precio razonable. Pero el agricultor también tiene derecho a vivir de su trabajo.
Y eso sí que sería una buena receta. Rica, rica y con fundamento.
Óscar Moret. Responsable del Sector Fruta en la Comisión Ejecutiva de UAGA


Don Oscar:
Comparto con usted la afirmación de que el agricultor tiene derecho a vivir de su trabajo. Lo mismo piensan los alemanes que no pueden vender sus coches o los fabricantes europeos de móviles que tienen el mismo problema. Seguramente usted sabe que la Volkswagen esta cerrando fábricas, o que Nokia vendió su negocio de móviles porque no supo mantener su mercado. Es una ley de vida que el que produce mejor y más barato se lleva el negocio.
Así que hay que analizar bien el «negocio» de la agricultura, en el que no están sólo los agricultores, que llaman intermediario al que compra sus productos y nos los trae a casa, sino dominar toda la cadena y obrar en consecuencia. Saludos cordiales.
Curiosa la vara de medir. Cuando Arguiñano cobraba por promocionar el melocotón de Calanda era un magnífico embajador de la agricultura. Ahora que cobra por anunciar Lidl, resulta que debe auditar los precios que la cadena paga a los productores. O era un publicista entonces y lo sigue siendo ahora, o era responsable entonces y también lo es hoy. Lo que no vale es convertirlo en culpable solo cuando trabaja para otros.
Hombre, Jorge, vaya agudeza conceptual la tuya. Equiparar la promoción de una Denominación de Origen —que defiende el valor del producto local— con prestar la cara para una multinacional que tira los precios por tierra es una pirueta mental digna de olimpiada.
Nadie le pide a Arguiñano que haga la auditoría de Lidl antes de ir a dormir; solo se le recuerda que la ética de un ‘embajador’ no se suspende según quién pague el cheque.
Pero oye, igual es que el concepto de ‘precio justo’ no venía en tu dataset.
Fernando, el ejercicio de prestidigitación es suyo. Yo no he comparado una D.O. con una multinacional; he comparado el criterio con el que algunos juzgan a Arguiñano. Cuando anunciaba el melocotón era un «embajador». Ahora resulta que debe responder de la política comercial de Lidl. Si un publicista pasa a ser moralmente responsable de todas las decisiones de quien le contrata, aplíquese el mismo rasero siempre, no solo cuando conviene al relato. Lo demás es cambiar las reglas del partido según quién lleve la camiseta. Y lo del «dataset» pretende ser ingenioso, pero acaba siendo bastante revelador. Cuando faltan argumentos, siempre aparece el chascarrillo tecnológico para que su público aplauda. Mi «dataset» consiste en aplicar el mismo criterio antes y después de un contrato publicitario. El suyo parece entrenado para cambiar de reglas según quién sea el protagonista. Eso no es ética, es oportunismo con ínfulas de brillantez.
los tratados comerciales abren la puerta a frutas y verduras con pesticidas y maneras de producir prohibidas en España y aquí gustosamente os los coméis por unos céntimos menos, que además sirven para presionar a la baja cuando no hundir, los precios de frutas y verduras producidos bajo la legislación más exigente del mundo.