Vivimos tiempos extraños, en todos los sentidos. Mucho se ha hablado en las últimas semanas de los therian, personas que se identifican y actúan como animales. Déjenme decirles que no es algo extraño. Si piensan que lo han visto todo, permítanme presentarles el catálogo de entretenimientos del nuevo milenio.
Empecemos por la equitación vegana, también conocida como hobbyhorsing. Nació en Finlandia y consiste en galopar con un palo de madera rematado por una cabeza de caballo de peluche, como lo hacíamos de pequeños, pero ahora como disciplina deportiva. Los participantes saltan obstáculos, realizan ejercicios de doma y compiten en campeonatos nacionales. En 2026 se celebrará el primer europeo en República Checa. Todo muy serio. Los caballos de palo artesanales cuestan hasta doscientos euros y hay quien los colecciona.
Pero si lo suyo es el riesgo doméstico, existe el extreme ironing o planchado extremo. Inventado en Leicester, Inglaterra, en 1997, consiste en planchar una camisa en los lugares más inverosímiles: la cima del Everest, el fondo del mar, mientras se salta en paracaídas. Ya hay campeonatos mundiales. El último lo ganó un tipo que planchó sus calzoncillos en la Antártida. Según sus fundadores, se trata de «combinar la emoción de una actividad extrema al aire libre con la satisfacción de una prenda bien planchada». No me lo invento.
Y qué decir de la famosa carrera del queso rodante de Gloucester, que se celebra desde 1826. Una rueda de queso de cuatro kilos se lanza colina abajo a más de cien kilómetros por hora. Los participantes corren tras ella, caen, ruedan, se rompen huesos y, si sobreviven, el ganador se lleva el queso. Solo el queso. En la base de la colina esperan los paramédicos. Una vez, una participante canadiense ganó la prueba femenina estando inconsciente: se enteró de su victoria en la enfermería.
Podría seguir: hay campeonatos de guitarra de aire en Finlandia, buceo en pantanos en Gales, carreras de avestruces en Sudáfrica y ajedrez-boxeo en media Europa. Vivimos tiempos en los que la gente paga por correr detrás de un queso, planchar en caída libre o galopar con un palo entre las piernas.
Visto el panorama general, tal vez no sea tan raro lo de identificarse con un animal y comportarse como tal. Recordemos que nuestros antepasados egipcios adoraban dioses con cabeza de animal, los vemos en las estrellas y les limpiamos la arena a diario. «Animalicos…»
Miguel Gardeta

