Para sorpresa de pocos, el parque de la avenida Aragón, tras las fiestas, ha quedado vandalizado. Como ya adelanté en otra columna hace cosa de un año, el parque de la avenida se ha convertido en una plaza ideal para hacer botellones.

Antes el parque era cerrado, separado de la calle y la carretera, donde los niños podían moverse y jugar sin preocupaciones y sin molestar a nadie. Ahora el parque es una placeta sin horario de cierre, albergando niños hasta altas horas de la madrugada si sus padres se lo permiten y, a la vez, brinda a cualquiera un lugar donde beber antes o después de alguna fiesta. A su vez, también se quitó una zona de descanso —y varias plazas de aparcamiento— para instalar un baño automático de pago. Evidentemente, en situaciones de fiesta, cualquier otro rincón gratuito parece una opción más razonable, más contando con la amplia plaza que queda a escasos metros.

Pero el problema va más allá de la remodelación del parque. Vivimos en una sociedad donde el respeto y la educación parecen evaporarse. Ya no solo hablo de las fiestas patronales, Moto GP o grandes eventos, en donde el pueblo se convierte en una jungla donde prima la bebida, la música y el pasarlo bien, dejando sin importancia el resto de aspectos —hecho que tras muchas décadas se ha normalizado—. Hablo también del respeto, la educación y los modales en el día a día.

Ya no es costumbre ceder el paso o el asiento a personas mayores. No se saluda al entrar a los sitios ni se da las gracias, y raro es el caso en el que se pida perdón o disculpas.

Esta falta de cortesía no surge de repente. Tiene que ver con el modelo de educación permisiva con el que muchos padres evitan poner límites claros. Ahora, si un niño va a un restaurante y se sube encima de la mesa a dar patadas a los cubiertos, no se le puede decir nada, y mucho menos elevar la voz. Hay que dejar que el niño plasme sus pensamientos y tenga total libertad para hacer lo que quiera, y el resto debemos tolerarlo.

Este es solo un ejemplo que podríamos extrapolar a muchas situaciones. Los niños, al final, niños son. Si un niño destroza un banco de madera con petardos o se los tira a los cabezudos o personas mayores, la mayor parte de responsabilidad es de los padres que les compran los petardos o les permiten actuar con total impunidad.

El problema es que esos niños crecen creyendo que pueden hacer lo que quieran, y muchas veces tienen razón, ya que ni los padres ni las autoridades suelen poner sanción alguna ante pequeños actos delictivos.

El parque de la avenida Aragón es solo un ejemplo visible de algo que ocurre en muchos lugares: una sociedad que confunde libertad con impunidad y tolerancia con indiferencia.

Educar en el respeto no significa gritar ni imponer miedo. Significa recordar, con firmeza y constancia, que los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás. Significa enseñar que la libertad no es hacer lo que a uno le apetezca, sino entender que nuestras acciones tienen consecuencias para quienes nos rodean.

Si no entendemos esto, de poco servirá remodelar parques o instalar baños automáticos. Sin una cultura de responsabilidad compartida, cualquier mejora material se convertirá tarde o temprano en otro espacio abandonado y conflictivo, y las autoridades deben entender que la sociedad no es cívica por naturaleza. Entendiendo una sociedad concreta y su contexto, lo ideal es prever y adoptar medidas preventivas con diseños adecuados.

Daniel Sancho. Graduado en Ciencia Política y Administración Pública