Cuando pienso en los veranos de mi infancia, lo primero que me viene a la cabeza son los juegos en la plaza de los Mártires de Calanda. Allí pasábamos horas jugando a la comba, al escondite, a civiles y ladrones o al "bote bote". Dejábamos una lata en medio de la plaza, nos escondíamos y corríamos para llegar antes que los demás y gritar: "¡Bote bote por...!".

Aunque pasaba parte del verano en Calanda, también viajaba a Andorra, de donde eran mis padres, a Zaragoza para estar con mis abuelos y, algunas veces, a Barcelona para visitar a una tía. Estaba con mis padres, mi hermano, mis abuelos y también con los vecinos, que casi formaban parte de la familia.

Uno de mis recuerdos más bonitos es precisamente ese: disponer de tiempo para estar con los demás. Salíamos a la fresca y nos reuníamos en la calle. Recuerdo especialmente a la señora Joaquina, a Lola y a Rosa Mari.

Calanda era un pueblo alegre cuando llegaba el verano. Mucha gente regresaba para pasar las vacaciones y las calles se llenaban de vida. Recuerdo a los hombres volviendo del campo con los carros mientras cantaban.

Por las tardes también íbamos a la huerta que tenía mi padre. Allí nos reuníamos con familiares y amigos. Eran tiempos con menos comodidades y menos entretenimientos que ahora, pero también aprendíamos a disfrutar de las cosas sencillas. A mí siempre me acompañó una gran afición: la lectura.

En casa también colaborábamos en las tareas que podíamos. No teníamos campo propio, pero ayudaba en todo lo necesario. Recuerdo especialmente un verano en el que trabajé recogiendo melocotones. Insistí mucho a mis padres porque todas mis amigas iban. Pasé muchísimo calor, pero estaba feliz de compartir tiempo con ellas.

Las comidas familiares eran otro de los grandes momentos del verano. Siempre estaban llenas de alegría, respeto y cariño. Preparábamos grandes paellas y después no faltaban las canciones, los bailes o alguien que sacara una guitarra para animar la sobremesa. También recuerdo a una señora que recorría el pueblo con un carrito vendiendo helados artesanos. Cuando llegaba, todos corríamos a comprar uno. Mis favoritos eran los de limón y naranja. Entonces no había tantos sabores como ahora, pero nos parecían deliciosos.

Para combatir el calor utilizábamos abanicos y manteníamos la casa fresca bajando las persianas durante las horas más fuertes del día. También teníamos una bodega en la parte de abajo de la casa donde guardábamos los cántaros de agua fresca. Y aunque hoy parezca difícil de imaginar, no teníamos televisión. Como suelo decir en broma, la radio éramos mi hermano y yo.

Las fiestas de San Roque eran en agosto. Por la mañana había procesión y por la tarde-noche se celebraban bailes en la calle.

Cuando comparo aquellos veranos con los actuales veo muchos cambios. El primero es el calor, que ahora parece mucho más intenso. También existen muchos más entretenimientos. Sin embargo, echo de menos algunas cosas: las reuniones familiares, el respeto entre las personas y la costumbre de salir a la fresca para conversar con los vecinos.

Aun así, también disfruto de los veranos de ahora. Me gusta salir a tomar el vermut con mis amigas y compartir días de playa con mi familia. Cada época tiene sus cosas buenas.

Si tuviera que dar un consejo a los jóvenes para disfrutar del verano, sería muy sencillo: cuidar la comunicación y respetar la amistad. Porque, al final, los recuerdos más bonitos no son las cosas materiales, sino las personas con las que compartimos nuestro tiempo.

Mª Pilar Monzón Montañés. AFEDABA Los Calatravos