Reconozco que cuantas más cosas descubro, más constancia tengo de lo profundamente ignorante que soy en tantos y tantos campos de eso que llamamos realidad. Por ello tal vez sea desconocimiento, pero me pregunto que si durante esta temporada tan sólo se han diagnosticado siete casos de gripe en España gracias al uso eficiente de la mascarilla que ha frenado los contagios de una manera brutal, ¿cómo es que el otro virus, el que está poniendo en jaque al planeta, se sigue expandiendo de forma exponencial, pese a esas mismas mascarillas y lo colapsa todo?

Posiblemente los virólogos podrán argumentarme con razones convincentes que desconozco el por qué de esta circunstancia. Tal vez la COVID-19 se expanda de otro modo, permanezca más tiempo en el ambiente o tenga la capacidad de atravesar mejor las mascarillas por una diferencia notable de tamaño con respecto al virus de la gripe, no lo sé.

Pero para un profano en la materia como yo, no deja de ser curiosa la cuestión y me lleva a hacerme otras preguntas subsiguientes, relativas a la veracidad de los medios de comunicación, a los mecanismos de propaganda gubernamental y a la propagación supuestamente selectiva de un virus que parece tener inteligencia propia para saltarse todas las medidas que se toman ante él que sin embargo sí se muestran efectivas para contener las cargas víricas tradicionales.
Tal vez ocurra que la gripe tradicional ahora se sienta relegada por la pandemia, haya hecho mutis por el foro y decida retirarse de fiestas y las aglomeraciones, tradicionales focos de transmisión y contagio. Quién sabe. Eso es lo malo y peligroso, que ante tanto ruido uno casi no sabe a qué atenerse, a quién creer o qué pensar. Tal es la efectividad de la desinformación.
Leía hace poco que el Internet oscuro, esa parte insondable de la red donde tienen lugar los más oscuros y pérfidos chanchullos que imaginar podamos fue creado precisamente por el ejército de los Estados Unidos de América para llevar a cabo sus operaciones más ultrasecretas e inconfesables.

Sin embargo, como quedaba muy evidente la autoría, en caso de que alguien accediera ahí por esos azares del destino, ya que eran ellos los únicos que estaban ahí, lo abrieron a todo el mundo, incluida la peor calaña, para camuflarse mejor entre el tumulto y pasar tan inadvertidos como el espía ruso en medio de la multitud que asiste a un partido de fútbol.

Así ocurre con las noticias y con la forma en la que nos hacen percibir la realidad. Da igual la supuesta ideología del medio de comunicación y su formato. Lo bueno, no obstante es que entre todos esos medios y ese aparente caos es posible extraer algo de verdad. Sólo hay que seguir la esa intuición que tantas veces dejamos olvidada. Menuda tarea, ¿verdad?…

Sea como fuere, como siempre digo, por favor, no me malinterpreten. No quiero negar que el virus está entre nosotros y mata gente digan lo que digan unos u otros. No quiero decir que nos quitemos las mascarillas. Si funcionan contra la gripe tradicional también deberían hacerlo contra este bicho silencioso que nos tiene atenazados. Cualquier medida de protección es poca, sea la situación de pandemia o no. Pero piensen, piensen, que es un buen ejercicio. Y sobre todo cuídense mucho. Y no sólo del virus sino también de las desinformaciones, cuyo peligro radica, precisamente en parecer creíbles.

Feliz semana, y a más ver, amigos.

Álvaro Clavero