En una casa, todos saben que lo que uno hace afecta a los demás. Si un padre miente, la confianza se quiebra; si una madre gasta lo que no tiene, el hogar tiembla; si un hijo engaña, la armonía se rompe. Nadie se aprovecha de su familia, porque hacerlo sería traicionarse a sí mismo. En casa, la lealtad y el respeto no se negocian: se viven.

Pero en la política, esa verdad parece olvidarse. Quienes gobiernan ya no sienten que el país sea su hogar ni que la gente sea su familia. Deciden, gastan y prometen sin pensar en las consecuencias, como si el daño no los tocara. Sin embargo, nos toca a todos: a quienes trabajamos, soñamos y luchamos por un futuro mejor.

Cansa ver cómo los egos dominan los despachos. Cómo el «yo» pesa más que el «nosotros». Falta humildad, falta escucha, falta equipo. El consenso, esa palabra tan sencilla y tan poderosa, se borra de los discursos. Todos parecen olvidar que estamos para trabajar, no para competir; para servir, no para destacar. En lugar de construir juntos, cada quien busca su foto, su mérito, su aplauso.

En la economía del hogar, cada error se paga; en la política, los errores se esconden tras discursos y los culpables se van indemnes. Es como si el político viviera en una casa donde siempre hay alguien más que paga la factura. Gobernar debería parecerse a cuidar un hogar: pensar en el mañana, en los hijos, en el pan de cada día. Quien ama de verdad no abusa, no miente, no destruye.

Ojalá recordaran que un país no es un tablero de juego, sino una gran casa donde todos vivimos. Si la política se hiciera con el mismo amor, respeto y espíritu de equipo con que uno cuida a su familia, el mundo sería más justo, más digno y más humano. Porque nadie destruye lo que ama.

Inmaculada Moliner. Teruel Existe / Gargallo