En la política, como en la vida, existe una paleta infinita de matices, capaz de dibujar un futuro común más rico y equilibrado. Sin embargo, hoy contemplamos un lienzo empobrecido, dominado por sombras de sospecha y brochazos de desconfianza. Los políticos parecen haber olvidado la amplitud de esa paleta, sustituyéndola por una confrontación constante que desgasta más de lo que construye.
Cada matiz representa una idea, una propuesta, una forma distinta de entender el progreso. Hay pasión transformadora, diálogo sereno, esperanza sostenible y territorial o transparencia clara. Pero, en lugar de combinar esos matices para ofrecer soluciones, muchos optan por reducir el debate a un monocromo repetitivo: acusaciones cruzadas, reproches previsibles y titulares vacíos. No gobiernan: reaccionan. No construyen: señalan.
Basta observar cualquier sesión parlamentaria o debate público reciente para comprobar cómo el tiempo dedicado a propuestas queda eclipsado por el intercambio de críticas. Han cambiado los pinceles por altavoces, y el arte de gobernar por el ruido constante. Donde deberían existir matices, solo hay trazos gruesos que emborronan el lienzo común. Parece que algunos colores molestan más que otros, y en lugar de sumarlos al cuadro, se les ignora o se les ataca.
La política debería recordar que su misión principal es consensuar y responder a las necesidades reales de los habitantes, independientemente de qué color ocupe el poder.
Más que enfrentamientos ideológicos, rivalidades personales o egos inflados, la ciudadanía necesita acuerdos, soluciones prácticas y atención a lo que realmente importa: bienestar, servicios, oportunidades y futuro compartido. Los egos no pueden seguir pintando sobre el lienzo de todos: cada proyecto, cada decisión, debería construirse con humildad y enfoque en lo común.
Una política sin matices, sin consenso y dominada por egos, que además teme o ignora ciertos colores, no es más clara: es simplemente más pobre. Por eso urge recuperar la esencia de esa paleta olvidada, donde cada idea suma, cada voz cuenta y ninguna se impone a base de descalificar a la otra.
Porque cuando la política pierde sus colores, su sentido de servicio y la humildad necesaria para trabajar juntos, no solo pierde riqueza: pierde también su propósito.
Inmaculada Moliner. Teruel Existe / Gargallo

