Todos pasamos por momentos en nuestra vida en los que, por unos u otros motivos, hacemos un alto y echamos la vista atrás. El mío ha llegado en este verano de 2025. Llevo unos días reflexionando en torno a mi relación con la historia y en torno a quienes me han acompañado en este camino.
Como punto de partida, diré que para lo bueno y para lo malo, soy historiador de pueblo. Aquí empecé y aquí sigo. Ser historiador en el lugar en el que creciste puede ser negativo. En ocasiones (muy pocas, ciertamente), comprobé que uno no es profeta en su tierra (y si tienes un oficio que no tiene nada que ver con la historia, más todavía). Sin embargo, la lista de inconvenientes siempre fue mucho más corta que la de ventajas. Trabajar tras un mostrador, pertenecer a una familia de comerciantes, me abrió muchas más puertas de las que me cerró. La gente no tuvo reparos en recibirme en sus casas para contarme cosas que nunca habían salido del ámbito familiar, y que, en ocasiones, lograron emocionarme. Así que el primer agradecimiento se lo debo tanto a mis convecinos, como a todos aquellos que, aunque no me conocían, compartieron su relato.
Luego están los del gremio. Archiveros, eruditos locales, historiadores dedicados a la investigación. Han sido innumerables las facilidades que he encontrado a lo largo de estos años. Cuánta ayuda, cuánta recomendación, cuánta guía, cuántas indicaciones para seguir en la dirección correcta. La generosidad siempre ha formado parte de mi relación con todos los que forman parte de la tribu de la historia.
Un grupo imprescindible lo forman los lectores. Uno no solo publica para él, para los del gremio o para los que les toca de cerca alguna de las historias humanas recogidas en los trabajos de investigación que tenemos la oportunidad de publicar. Uno escribe queriendo que lo lean, claro está. Porque la tarea del historiador tendría poco o ningún sentido si no fuéramos capaces de transcender. Como autor de libros que han tenido una acogida notable, me siento afortunado. No es una cuestión de ego, sino de objetivo cumplido. Porque ese es siempre el propósito de los historiadores: la divulgación.
Pasados los años, y casi sin pretenderlo, fui pasando de pantalla, como se dice ahora. Desde el Centro de Estudios del Bajo Aragón-Caspe, el CECBAC, he pasado a formar parte de la cultura local más formal. Pero el golpe de timón apenas me ha dejado tiempo para seguir investigando. Lo echo de menos, la verdad. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás, porque un día, das otro paso y decides dejar de preguntarte si serías capaz de hacer de la historia tu oficio.
Cuando lo logras, pronto compruebas que la docencia es absorbente, sobre todo, en los comienzos. Es muy difícil compatibilizar tiza y archivo. Y, a pesar de ello, cuando das clases, comienzas a percibir algo que no esperas: has vuelto al punto de partida, vuelves a emocionarte. Cuesta procesarlo, porque nunca piensas que, enseñando Historia, transmitiendo conocimiento, saberes, puedan sentirse sensaciones tan plenas. La clave de bóveda ha sido colocada durante este curso por parte de los alumnos y mis compañeros, los profesores. Ha sido un año muy intenso y gratificante.
Ahora, echando la vista atrás, soy consciente de que no hubiera sido posible llegar hasta aquí sin todas las experiencias, todas las investigaciones, todas las aportaciones de las personas que me han acompañado durante estas dos décadas de idilio con la historia, con o sin mayúscula al principio. Gracias a todos ellos.
Amadeo Barceló. Presidente del CECBAC

