Es la segunda Semana Santa sin tambores. Se hace raro, pero a estas alturas de la historia pocas cosas pueden llamarse raras después de todo lo que se ha visto condensado en tan poco tiempo. Desde eventos catastróficos a nivel mundial hasta intrigas políticas y amorosas que harían palidecer de envidia al mismísimo "Juego de Tronos".

Ésta es una de esas épocas en las que los tontos se convierten en maestros y a los maestros los quieren convertir en simples aprendices que no aprenden, valga la contradicción última. Véase si no a Jorge Javier dando lecciones de una moralidad de la que él carece. Pero no quiero centrarme en personajes insignificantes, a pesar de las muchas horas en pantalla que hay que sufrirlos. No quiero pecar de soberbio hablando de soberbios, ni merece la pena dedicarles más líneas.

La semana pasada fui feliz hablando de la carrasca de Lecina, y dedicando el artículo semanal a un árbol, al cual hay que agradecerle mucho, sin duda alguna. Ojalá cada semana pudiera hablar de un árbol o de un animal de los que conforman nuestra biodiversidad, pues al final eso me parece de lo poco importante que tenemos en común.

Reflexionaba hace nada sobre el hecho mismo de escribir y para qué sirve. Sobre cómo es una terapia para uno mismo, y un ejercicio mental interesante para conocerse mejor, conociendo a los demás y dejándose conocer. En realidad no hemos evolucionado tanto habiendo evolucionado mucho. Lo mejor de la escritura es dejar un testimonio, un pensamiento o muchos, que con un poco de fortuna pueden perdurar con los siglos. Es más probable que un mensaje escrito en piedra llegue más lejos en el tiempo que un texto enciclopédico en un disco duro. Pero todo es relativo, amigos. Todo es relativo.

Pues bien, algo tan simple como la tinta y el papel; algo tan fascinante como unos garabatos trazados sobre una superficie es capaz de rememorar pasado, presente y futuro y de recoger ideas que a veces, solo a veces, pueden convertirse en algo grande. Los sucesos que suceden se pueden traducir a palabras. Los algoritmos matemáticos y las secuencias genéticas también. La Vida misma es una frase compleja en el sentido más literal de la palabra. Y ante eso estas tonterías nuestras, esas intrigas baratas para cambiar gobiernos y asaltar el poder político son cuestiones más que absurdas.

Todas las poblaciones deberían tener, aparte de un hospital y una escuela, un jardín botánico. Un ejemplo de lo maravillosa que puede ser la Naturaleza, y la primera de las enseñanzas que deberíamos acometer. Las columnas de la Sagrada Familia imitan a los árboles con sus ramas, y son eficientes. El Burj Dubai imita el tronco y las raíces de la Ceiba pentandra, y es eficiente y por el momento el rascacielos más alto del mundo. La mayoría de los medicamentos tienen como principios activos sustancias de origen vegetal, y las colonias que nos hacen soñar con olores y evocar los recuerdos más bellos también. De las plantas comemos, y de ellas comen los animales que también comemos. Ellas fijan el CO2 nocivo que expulsamos y nos proporcionan oxígeno limpio para respirar. Por eso les debemos un respeto, y el respeto debería empezar por ahí, por plantar un pequeño bosque o un pequeño - o gran - jardín en la medida que nos sea posible. Vuelvo a reivindicarlo en estas líneas. Y espero que aunque estas líneas no sean influyentes ahora, porque los bosques, lamentablemente van en pocas agendas políticas, por no decir ninguna, queden ahí, como testimonio de alguien que ve con respeto el Medio que le rodea. Feliz semana y a más ver.

Álvaro Clavero - En el punto de mira