Se echa en falta, ya me perdonarán mis amigos de La Comarca y de otros medios locales, ciertas voces y posturas periodísticas que eviten que, en ocasiones, parezcan publirreportajes algunas noticias y entrevistas. En muchas más ocasiones habría que incidir, aunque fuese un poco, en una línea editorial crítica que hable de nuestros problemas y cuestione o posicione a las empresas y administraciones en temas que no están del todo claros, o que tienen una parte de la opinión pública en contra. Más allá de la política y de la publicidad.

Vivimos tiempos convulsos en los que los principios de la propaganda totalitaria son manejados a su gusto por jerifaltes poderosos que reinan en sus castillos a base de bots y de bulos. Es muy difícil, aunque no imposible, no caer en esa vorágine de mentiras y manipulaciones. Debemos estar atentos porque el control absolutista de los nuevos tecnofeudalismos con un tinte claramente fascista es ya real. Cuesta mucho más esfuerzo posicionarse y argumentar que subirse a la riada inútil que se asume sin vergüenza. El ruido es tal que oculta cualquier voz o cualquier intento de poner orden a unas ideas y conocimientos, a un debate serio. De ahí la desconfianza a tantos proyectos, noticias, propuestas y comentarios.

Sumen en la ecuación al individualismo y al dinero en potencia (no te va a llegar, amigo, el capital y los medios de producción nunca serán tuyos), a los vocingleros que prometen a la clase obrera algo que nunca tendrán, a la bandera espiritual y mojigata que todo lo tapa bajo una patria que como todas es inventada y superflua. Apostar por el enésimo proyecto que nos salvará de la inocencia del buen salvaje solo está a un paso.

Y entre el ruido, la esperanza y los clavos ardiendo, convertimos el futuro de nuestras comarcas en un pozo (nunca mejor dicho) de empresas mineras, de agua refrigerante de centros de datos, de molinos y placas, de premios internacionales hipersubvencionados (eso no debe contar como «paguita» para los amantes de la hipergesticulación léxica)…

Y ahora, a esos modelos neoliberales donde nuestros pueblos son zonas de explotación, lugares donde hay terreno y poca gente que proteste («sí a todo; problemas cero», que diría mi amigo Cantor), se le suma el modelo de la mierda. Y se le seguirán sumando proyectos y más proyectos. Porque el problema no es que sea un proyecto aislado, asumible ambientalmente. El problema, de nuevo, es la sobredimensión, el negociazo de que pueden hacer lo que quieran, como ya hemos visto en otros ámbitos irrenovables o «datísticos».

En este caso… ¿es necesario asumir tanto purín? ¿Cuál es el límite? Y venderán que es la panacea. Y el ordenamiento no se ordena. Y el especulador especulará. Y al que le toque vivir de la renta le pondrán en su casa y tendrá el piso en Zaragoza y volverá cuando haya vacas y fiestas de guardar. Y se quejará de la inmigración, pero no llevará idea de volver a trabajar, ni él ni sus hijos. Y sacará las banderas. Y el pueblo será otra cosa, pero es el mercado, amigos. Y la salvífica memoria nos devuelve a la realidad.

Somos tierra seca, para tantos fea y deprimente, salvo cuando hay barras y neveras con cerveza fresca, que entonces mola. Y la canción se repite eternamente. «Me voy pero no me ausento», que decía el Abuelo. Porque esto ya es otra cosa y huele. Y huele a lo que es. Y seguirá el desierto platicando futuros que nunca vendrán. Bajo el calor abrasador de un cambio climático que los analfabetos niegan, nuestra tierra se vende y a tanta gente le da igual que duele. No lo suficiente, por lo visto, pero duele. Y de eso se habla poco porque los de siempre manejan el relato. Y solo queda la pataleta de vivir un sindiós continuo donde el ruido impide escuchar, donde el proyecto para los próximos años se escribe, para bien y para mal, con letras de mierda.

Víctor Guiu