Vengo de Madrid entre asombrado y asustado. La villa y corte ya no es una cosa ni otra, aunque mantiene valores villanos y cortesanos. ¡Cuánta gente, Dios mío! Toda la ciudad me ha parecido un parque temático para gozo y disfrute de miles de ciudadanos que no caben en las aceras. Me refiero al centro, no a los barrios, o sea al centro del centro de España. Lo que era el Madrid castizo. Explosión de luces, amabilidad en la gente normal, cosmopaletismo, mujeres recauchutadas, hombres pijos de gorrilla, emigrantes y muchos más perros que niños. Sobre todo, Madrid me ha parecido un gran zoco donde hay de todo para vender y comprar, admirar o repudiar. Un casi infinito templo dedicado al dios Consumo, edificado sobre los pilares de la prisa y del goce inmediato. Suma de placeres. Y no me refiero solo a los churros de San Ginés o el bacalao frito de Casa Labra, que también.

En un rincón del amplio hall del Hotel Hijos-Madrid han recreado una abacería castiza que llaman «la Chata», donde he podido pensar y entender la teoría del decrecimiento, ese movimiento social que se va imponiendo lentamente criticando el paradigma del crecimiento económico. Vamos, que no se puede crecer hasta el infinito con un loco desarrollo que nos llevará a una sociedad injusta y ecológicamente insostenible. Es posible que nos estemos jugando la felicidad de los ciudadanos del mundo futuro, decía un libro que con otros antiguos decoraban iluminadas estanterías del oasis silencioso de la simulada taberna. Tengo para mí que lo habría dejado abandonado, quizá por miedo a leerlo entero, algún congresista de los muchos que recalan por Madrid. Eran comentarios referidos a un informe sobre el decrecimiento elaborado por el Club de Roma y la Universidad privada de Cambridge en Massachusetts, dos faros que iluminan el futuro de la humanidad.

Gracias a un librito abandonado y gracias a una hora de relajo lector, he vuelto de Madrid, concienciado de la necesidad de buscar soluciones en torno al prefijo «re» que indica retroceso. Por ejemplo:
Replantear, adoptando un nuevo estilo de vida apoyado en la simplicidad;
Relocalizar, pensando en el km 0, en evitar transporte;
Reducir el consumo en casi todo;
Reutilizar y Reciclar, alargando el tiempo de las cosas para evitar el despilfarro, entre otras «erres».

El viaje hacia la simplicidad será largo porque es difícil conjugar placer y decrecimiento. De Madrid al cielo… pero no sé yo.

Miguel Caballú. Cartas a Abel