Definitivamente siempre me ha parecido mejor lo rural. El pueblo. El campo. El monte. La comunidad de gente en la que todos se conocen, para bien y para mal. Cuando tenía seis años quería ser pastor. Reconozco que me impresionaba mucho ver a los pastores sentados escuchando una radio mientras vigilaban al ganado, tranquilamente, en medio del olor a romero y tomillo y leche de oveja.

Evidentemente desconocía la otra cara del oficio que no conoce día de fiesta, y el trabajo duro de sol a sol. Por supuesto también me marcó aquella escena de “El Hombre y la Tierra”, con un pastor, cayado en mano, mientras perseguía a los cánidos que le habían matado los corderos y gritaba “¡¡¡El lobo!!!, ¡¡¡El looooboooo….!!!

Ese trasfondo telúrico y profundamente ancestral sería una de los muchos detalles que definieron mi infancia y mi vínculo indisoluble a esta tierra dura, en una relación de amor y odio en continua montaña rusa. Porque así imaginaba a mis antepasados en aquellos tiempos en los que el lobo campaba por estos lares.

Pero las cosas a veces son un poco diferentes de lo que imaginamos o percibimos. Y cierto es que tendemos a idealizarlas, y más si nos remiten a una época feliz como es la infancia en la mayoría de los niños, donde todas las luchas parecen épicas.

Tiempo después, en la Universidad, donde lo idealista y lo real empiezan a equilibrarse en nuestra percepción, recuerdo que había movimientos estudiantiles sumamente reivindicativos. Creo que el tema era lo de menos. Lo que contaba era la reivindicación en sí misma. Y en ocasiones ni siquiera había pretexto para protestar. La protesta era una mera canalización del exceso de testosterona en el caso de los más radicales.

Ahora hay varias ciudades que sufren destrozos por actos de vandalismo. Todo, en teoría por el encarcelamiento de un tío antisistema que acumula un sin número de condenas y que se escuda en la libertad de expresión como justificación. No obstante,la libertad de expresión del individuo, olvida este personaje, acaba donde empieza la libertad de expresión del prójimo. Pero no nos vayamos del tema.

Me jugaría lo que fuera a que muchos de esos vándalos que la arman en las calles, destrozan y queman mobiliario urbano y coches y saquean comercios que ya estaban heridos de muerte por la gestión de la pandemia, no saben ni siquiera por qué protestan y que son los mismos que la montan en un partido de fútbol o que «apreten al carrer». En algunos casos incluso es posible que haya algún chavalote infeliz que esté ahí en medio para impresionar a alguna novieta o a los amigotes, arrastrado por su falta de voluntad propia. Pero el daño que hacen hecho está, y quienes lo sufren son inocentes. Y eso no tiene justificación.

No hablaré en detalle de lo que me parece la gestión que se está haciendo de este tema. Veo lamentable, eso sí, que cierto político anime a esta especie de hinchas sobrepasados de testosterona a continuar con el destrozo y la algarada callejera, y que critique la actuación policial cuando son esas fuerzas y cuerpos de seguridad quienes más tortas se están llevando.

En muchas ocasiones según las películas o series que proliferan en plataformas, quienes están detrás de estos «antisistema» y los subvencionan son precisamente los máximos representantes de ese sistema, objeto de los ataques. Al fin y al cabo el poder del sistema elevado a la máxima potencia es crear y controlar precisamente a una supuesta oposición antisistema. Lo realmente triste es que al final, las víctimas acaban siendo siempre las mismas: la gente trabajadora.
Disfruten de la semana en lo posible y a más ver, amigos.

Álvaro Clavero