El pasado noviembre, La Comarca, el periódico de Alcañiz, publicó un escrito de su sabio colaborador Don José Luis del Valle Iturriaga, titulado «Yo soy dios y no quiero serlo», en el que el autor nos instruía sobre la importancia del «yo» y del «nosotros», y las graves consecuencias que tiene la interpretación que damos a esos conceptos, sobre todo del «yo», en nuestro comportamiento actual. José Luis no quería un «yo» deificado para el que el «nosotros» no cuenta. Nos recomendaba reforzar el entendimiento y la presencia del «nosotros» como un acto de rebeldía para recuperar valores aparentemente olvidados o perdidos, y con ello corregir la decadencia y la maldad de nuestra sociedad. Han pasado unos meses en los que el «yo» de los que mandan y el «yo» de los que quieren mandar está más alejado que nunca del «nosotros».
Su contenido y las opiniones expresadas por los lectores eran de carácter favorable a una recuperación ética y axiológica. A una filosofía de vida acorde con nuestro siglo XXI.
Yo filosofo poco. Soy más bien de mentalidad práctica y técnica. Y por ello retomo el aparente conflicto entre el «yo» y el «nosotros» observando la realidad de las cosas que funcionan razonablemente bien. El ejemplo perfecto para hablar del «yo» me parece que sea algo que todos nosotros tenemos y usamos: un reloj. Un reloj se parece conceptualmente al «nosotros», ya que consta de un gran número de elementos «yo»: el cristal, las agujas, la esfera, los engranajes, los resortes, etc. Pero, si nos fijamos bien en cada componente, vemos que cada uno de ellos es a su vez un «nosotros».
Todos los componentes tienen el mismo objetivo, y si uno de ellos no es el necesario el resultado no puede ser correcto. No hay dos «yo» iguales, todos han de ser adecuados al objetivo y muy buenos en lo suyo. El que hace el cristal es poco probable que sepa hacer la correa. Así que muchos «yo» sirven solo si son eficaces en las distintas especialidades necesarias. El «nosotros» no puede tener éxito si todos los que lo componen no son muy expertos y no colaboran para conseguir el mismo objetivo.
Y si esto es válido para un reloj, tenemos que pensar cuántos «yo» hacen falta para distintos relojes. Los hay para la torre de un ayuntamiento, para controlar un atleta, para ordenar los movimientos de una máquina, etc., cada uno con sus necesidades distintas y, por tanto, con distintos objetivos. Ahora que los dirigentes desean obediencia y compromiso, se encontrarán con muchos «yo» que no comparten los mismos compromisos y que no se prestan a una obediencia que no les conviene.
Así pues, las virtudes y el valor del «nosotros» solo se pueden alcanzar con los necesarios «yo». El objetivo elige y valora a los que pueden y deben ser los elegidos.
Si queremos una sociedad donde el «nosotros» tenga valor hay que determinar claramente los objetivos de esa sociedad: escuchar, enseñar, aconsejar, corregir, perdonar, consolar, etc., y también los objetivos que llamamos sociales: cuidar a los enfermos, acabar con el hambre, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, etc. Esto necesita muchos «yo» con grandes valores y grandes conocimientos. No se conseguirá cuando todos o la mayoría de un «nosotros» sean iguales entre sí en conocimientos o en ignorancia.
Don José Luis echaba de menos un stoa o espacio público en el que los que fijan los objetivos deseados puedan convertir a sus amigos y contrarios a manifestarse con bondad y responsabilidad. Solo la suma de los amigos y los contrarios puede crear el «nosotros» que tanto necesitamos y anhelamos.
Eso sería una auténtica revolución social y política. Para poder crear el «nosotros» que deseamos es necesaria una reconciliación entre contrarios. De otro modo no habrá objetivos comunes. Hoy dominan las ideas de victoria o de derrota; cualquiera de las dos fracasará en la creación del «nosotros», cuyos miembros han de sentirse como verdaderos hermanos. No se trata de contar votos lo que cuenta, sino de encontrar objetivos compartidos.
Antonio Germán. Ingeniero y empresario


Claro que filosofas, desde el pragmatismo analítico, como buen científico que eres.
La reconciliación de la que hablas, superar las creencias del ganar y perder, es una revolución social que cada “yo” debe emprender para sumarse al “nosotros “, pero las narrativas dominantes, alas que interesan a la confrontación política y divulgan los medios, dominan un discurso de batallas, contrarios y aliados, los “nuestros” y los “otros”.
Asumiendo que es una utopía, hermosa como todas, cada “yo”que revoluciona y se reconcilia con los otros y la historia, es un grano que no hace el granero, pero ayuda al compañero.
Un abrazo fraternal
Perdón por comentarme a mí mismo, pero tu artículo, como todos los tuyos, me deja un rato reflexionando.
En los sistemas complejos existen muchas interrelaciones, por lo que mirando solo las agujas de ese reloj que mencionas, no podríamos conocer su mecanismo; Pero hay mucha, demasiada, gente que mirando su yo al espejo cree entender las relaciones humanas. Pero la sociedad solo puede comprenderse viendo las interacciones que son las que forman las redes sociales. No puedo modificar las creencias de los demás, pero si las mías y contribuir a construir un nosotros más tolerante, más solidario y más amoroso.