Sin creernóslo del todo, parecía que estábamos asomándonos nuevamente a la vida. Este fin de semana volvimos a ver otra vez a los niños y a alegrar el semblante ante los gestos y el comportamiento de esos seres listos e impredecibles a los que un conspicuo escritor contemporáneo calificaba de «esos locos pequeñitos» cuando se refería a ellos. La verdad es que la pasada experiencia dominical no ha sido tan positiva como algunos auguraban, por la relajación de los papás que han dado a los pequeños más cuerda de la que los educadores les habían concedido. ¡Algunos papás, siempre tan niños!
Tampoco yo hice nada por mantener la tensión intelectual que se debe a unos vecinos, como se requiere en una representación escénica o un enfrentamiento deportivo (aunque sean ajenos al sujeto) y me abandoné a una relajada lectura. Pero elegí mal. Y no lo hice con mejor fortuna cuando, motivado por la llamada de Baruck de Spinoza, o Espinosa, me enredé en su «Ética», que no era lo más adecuado para el momento ni la ocasión («Etica More Geométrico Demostrata») con lo que me pasé de propósito. Una cosa es la reflexión adecuada sobre la realidad moral de los hechos en la «desescalada», y otra, una de esas proposiciones como la XIX que glosa cómo cada cual apetece o aborrece, según las leyes de la Naturaleza, lo que le acerca o aleja de la perfección, con sus Proposiciones, sus Demostracio-nes, sus Escolios y sus Corolarios. Mas el sefardíta Spinoza, separado de su dignidad de rabino y de la sinagoga --¡siempre el imperio de lo mediocre!-- continuó como modesto pulidor de lentes y anteojos, aunque ahondando en su condición de moralista cartesiano y riguroso.
Pero llegó el domingo en que tuvimos –o tuvieron algunos- una equivocada percepción de la libertad, y mientras los más sensatos siguieron ateniéndose a las normas, los aquejados de «optimofilia» se saltaron todas las precauciones contando con que, de un día para otro, millones de trillones de virus coronados habían dejado de ser infecciosos al toque de una corneta, como sucedería ante los clarines de Jericó y mientras los precavidos mantenían las distancias, «las vírgenes necias» corrieron a retozar con los enemigos, a juntarse en los parques y confraternizar relajadamente.
Ahora las calles han recuperado la sombría apariencia de días atrás y la precavida y alertada vigilia de estas semanas. No es que se haya perdido todo, por fortuna, pero un día de alegría nos ha hecho retroceder muchos más. Los números denuncian sus cuentas, a no ser que algún geniecillo travieso --con vocación premonitoria, profética, puñetera y malasombra-- se haya conjurado para meternos el miedo en el cuerpo. Si era ese su propósito, lo ha logrado. Pero alarmar con el repunte de los nombres de quienes nos han abandonado para no regresar más, me perece un ejercicio demasiado cruel. Y no me parecería «spinozianamente» ético ni politicamente ajustado a razón, valerse del terror.
Darío Vidal - Periodista

