Comenzará a leer estas líneas, querido lector, y probablemente el tema le resulte tan familiar como incómodo. Y, aun así, no puedo evitar escribir sobre ello. Porque quiero ser una voz más, otro pequeño altavoz que denuncia la mayor injusticia que ha presenciado este planeta en décadas. Una tragedia que resonará con fuerza en el futuro y que, con el tiempo, juzgará la historia.
Las generaciones venideras se preguntarán cómo fuimos capaces de tolerar tanto dolor, tanta indiferencia, tanto silencio hacia un pueblo que lo único que hizo fue estar en el lugar equivocado.
Hablo, por supuesto, de Palestina.
Decía Hemingway que "por justificada que parezca, nunca pienses que una guerra no es un crimen". Tanta razón tenía este magnífico escritor. El origen del conflicto (que va más allá de octubre de 2023) queda muy lejos de lo que vivimos hoy. Cada bando ha sido implacable con el contrario en toda su trayectoria y ha cometido crímenes, pero lo que presenciamos ahora no es una guerra en igualdad de condiciones. Es una masacre sostenida. Más de 51.000 muertos en menos de un año. Noventa vidas al día.
Escribo estas palabras en el interior de un vagón del metro de Madrid, desde mi móvil. Tengo la suerte de viajar sentada a pesar de estar lleno. Miro a mi alrededor: casi todos están absortos en sus pantallas. A mi lado, una señora desliza con el dedo vídeos verticales en una red social: gente bailando, cambiándose de ropa, decorando hogares. Y, de pronto, una explosión, un edificio que se desploma, personas cubiertas de polvo. En menos de dos segundos el pulgar ya ha pasado por encima y desaparece, no da tiempo a verlo terminar. Ni siquiera a leer las frases que lo acompañan: «Firma y frena la masacre», o «Dona ya».
Un gesto de pulgar y se pasa automáticamente y sin mayor esfuerzo a la siguiente frivolidad. Nada duele si no se mira el tiempo suficiente. La anestesia colectiva es patente. Y así miles de ejemplos.
Y yo me pregunto: ¿Y si ocurriera aquí? ¿Y si entonces una persona en Oriente Medio ignorase nuestra tragedia con el mismo gesto automático en su móvil? ¿Dónde quedó la "humanidad humana"? ¿Cuándo dejamos de sentir como propios los dolores ajenos?
Laura Quílez. En busca del tiempo perdido


Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto y Nobel de la Paz en 1986, pronunció un discurso en la Casa Blanca el 12 de abril de 1999, como parte de la serie de conferencias del Milenio, organizada por el presidente Bill Clinton.
Hizo un balance de este siglo, afirmando que será juzgado severamente. Dos guerras mundiales, innumerables guerras civiles, una cadena de asesinatos: Gandhi, los Kennedy, Martin Luther King, Sadat, Rabin – baños de sangre en Camboya y Nigeria, India y Pakistán, Irlanda y Rwanda, Eritrea y Etiopía, Sarajevo y Kosovo; la inhumanidad en el gulag y la tragedia de Hiroshima. Y, Auschwitz y Treblinka. Exclamó: tanta violencia y tanta indiferencia.
Sobre la indiferencia reflexionó. ¿Qué es la indiferencia? Etimológicamente, significa «sin diferencia». Un estado extraño y antinatural en el que las líneas se desdibujan entre la luz y oscuridad, crueldad y compasión, el bien y el mal. ¿Cuáles sus caminos y sus secuelas? ¿Puede ser considerada como virtud? ¿Es necesario a veces practicarla simplemente para mantener la cordura, vivir normalmente, mientras el mundo experimenta agitaciones desgarradoras?
Puede ser tentadora, e incluso, seductora. Es mucho más fácil apartarse de la mirada de las víctimas. Es incómodo y problemático estar involucrado en el dolor y la desesperación del otro. Sin embargo, para el indiferente, su vecino/a no tienen importancia alguna. Sus vidas no tienen sentido. Su dolor oculto o invisible no interesa. La indiferencia reduce al otro a pura abstracción.
Ser indiferente al sufrimiento ajeno nos deshumaniza. La indiferencia, después de todo, es más peligrosa que la ira y odio. La ira puede ser a veces creativa. Uno hace algo especial por el bien de la humanidad al estar enfadado ante la injusticia. Mas, la indiferencia nunca es creativa. Incluso el odio a veces puede suscitar una reacción. Luchas contra él. Lo denuncias. Lo desarmas. La indiferencia no suscita respuesta.
La indiferencia no es un principio, es el final. Y, por ello, siempre es amiga del enemigo, porque beneficia al agresor, nunca a su víctima, cuyo dolor se intensifica al sentirse olvidada. El preso político en su celda, los niños hambrientos, los refugiados sin hogar: no responder a su dolor, ni aliviar su soledad ofreciéndoles una chispa de esperanza es exiliarlos de la memoria humana. Y al negar su humanidad traicionamos y engañamos la nuestra.
Recordó dónde estuvo: la sociedad estaba compuesta de tres categorías: los asesinos, las víctimas y los que se quedaban mirando. En los guetos y campos de la muerte nos sentimos abandonados, olvidados. Y nuestro único consuelo fue el creer que Auschwitz y Treblinka eran secretos estrechamente guardados; que los líderes del mundo libre no sabían qué pasaba detrás de esas púas de alambre. De haberlo sabido, pensábamos, esos líderes habrían intervenido. Y ahora sabemos que lo sabían: el Pentágono y el presidente, Franklin Roosevelt.
Una pregunta final.¿La valoración del siglo XX de Wiesel valdría para el actual? Ustedes mismos pueden responderse, si miramos hacia Gaza..
Laura Quilez, somos unos cuantos los que estamos al lado de Palestina desde hace mucho tiempo. Hacemos todo lo que podemos, y aunque son los gobiernos los que realmente más poder tienen de presionar de alguna forma, como no venderles armas, no comprar sus productos, denunciar el genocidio, reconocer el estado de Palestina, etc. El problema es la locura criminal del sionismo que está apoyada por los intereses de EEUU y la mayoría de Europa. Sin su apoyo no harían semejante horror. Nunca en la historia humana ha habido semejante barbaridad.