A menudo me pregunto si con el desarrollo y uso intensivo de los dispositivos de comunicación, en particular, y sobre todo, del teléfono móvil inteligente, no estamos bailando a un son que no hemos elegido. Además de la del teléfono, otras pantallas (TV, ordenador, Ipad, Gps…) están incorporadas a nuestra cotidianidad, condicionando nuestro tiempo y orientando lo que hacemos y pensamos. Hace un tiempo, la física Ana María Cetto, escribía en la Revista Española de Física que "la ciencia y la tecnología han tenido más éxito en crear nuevos medios para la interacción y comunicación con otros seres humanos -y, a veces también, en controlar eficazmente sus vidas- que en entender a esos seres humanos". Con esta preocupación de fondo, la Fundación Seminario de Investigación para la Paz (SIP) dedica su proyecto anual a profundizar en los impactos que tienen las nuevas vías de comunicación en la convivencia humana. Una pequeña reflexión surgió al relacionar los móviles con el bullying: alguien señaló certeramente que antes el acoso terminaba al llegar a casa, pero ahora adolescentes y jóvenes pueden estar sufriéndolo en todo momento y lugar a través del móvil.

Si miramos atrás, vemos que hubo un tiempo en el que cuando quisimos defender la libertad nos tocó criticar el determinismo biológico, es decir, el hecho de que por nacer hombre o mujer nuestro destino social estuviera marcado sin remedio: las mujeres estaban destinadas al ámbito privado, mientras el ámbito público era el reino de los hombres. Eso pasó, al menos en nuestras sociedades. Hoy el riesgo está en ser presas, todos, de otro determinismo, el determinismo tecnológico. ¿Lo tecno-dado está conformando nuestras vidas más de lo deseable? ¿O acaso hemos decidido estar conectados las veinticuatro horas del día? Sabemos que las tecnologías tienen múltiples usos y que muchos de ellos tienen capacidad para mejorar las vidas -en esta pandemia hemos podido comprobarlo-, pero esto no es óbice para que sigamos debatiendo sobre aquellos que las empeoran y tratar de buscar remedio. Por ejemplo, los expertos detectan en los estudiantes un déficit creciente de atención, lo que les entorpece e impide concentrarse en otras tareas o lecturas. También señalan los peligros de basar las relaciones en intercambios virtuales. Las interacciones que se establecen a través de las redes tienen muchos puntos débiles, carecen de lenguaje corporal, son escaparates de imágenes narcisistas y a menudo dan cauce al insulto y la agresión.

Carmen Magallón. Nuestro mundo común