A pesar de que el cambio climático nos está afectando aquí y ahora, socialmente, lejos de actuar, tenemos una especie de resistencia que nos hace mirar hacia otro lado. No queremos verlo. Las cifras alarmistas se nos hacen tan lejanas como ese oso polar del Ártico que ya no tiene hielo sobre el que mantenerse.

Pero, ¿a qué se debe esta respuesta social?, ¿por qué no logramos cambiar de forma suficiente nuestro comportamiento como para comprometernos y actuar?

Buscando respuestas, encontré una interesantísima reflexión de George Marshall, activista dedicado a la investigación y comprensión del cambio climático. Según Marshall la razón es sencilla: «nuestros cerebros están programados para responder a amenazas concretas, visibles y urgentes. Somos capaces de vislumbrar el futuro, pero no reaccionamos hasta que tenemos el peligro delante».

Ante una amenaza abstracta, invisible y, hasta cierto punto lejana, ejercemos resistencia y negamos la acción.

Como explica Marshall en su libro «Ni se te ocurra pensar en ello», el ser humano necesita un componente emocional para movilizarse por una causa. Las advertencias apocalípticas y las estadísticas irrebatibles abruman al ciudadano. Por ello es importante que haya divulgadores que apelen al sentido común y emocionen dejando atrás toda barrera ideológica.

Esa negación del cambio climático se puede trasladar a más problemáticas incómodas. Nuestro instinto animal nos hace huir, buscar la recompensar inmediata o exigir un refuerzo positivo por nuestros «esfuerzos». Es importante revisarnos, actuar de manera personal y con la humanidad que necesita nuestro planeta, las futuras generaciones y, no lo olvidemos, nuestro presente.

Isabel Esteban. Las cosas que importan