Esta semana en la que se han cumplido 95 años de la proclamación de la Segunda República, parece obligado hablar de un edificio tan vinculado a la bandera tricolor como el Hotel Latorre de Caspe. Como bien sabemos en la capital del Bajo Aragón zaragozano, sus propietarios, la familia Latorre Blasco, siempre destacaron por su republicanismo.

El Gordo de Navidad de 1922 propició que los Latorre transformasen la vieja fonda familiar en un alojamiento distinguido; según decían nuestros mayores, el mejor de todo el Bajo Aragón en su época. Las instalaciones se dotaron con agua corriente y calefacción, y pronto se convirtió en el hogar provisional de miles de visitantes que pasaron por nuestra ciudad. En su salón principal se celebraron bodas, bautizos, comuniones y fiestas de todo tipo. La felicidad de varias generaciones de caspolinos ha quedado para siempre ligada al Hotel Latorre.

Tras años cerrado y abandonado, el edificio fue adquirido por una promotora con el propósito de construir en el solar un bloque de pisos. En noviembre de 2012 se consumó el derribo, en el que, tal y como acordaron la propiedad y el Ayuntamiento de Caspe, debía respetarse la fachada principal. Sin embargo, no mucho después los cambios de postura y desacuerdos derivaron en una situación casi esperpéntica, comisión de investigación incluida. La crisis inmobiliaria hizo el resto.

Desde entonces, el cadáver del viejo hotel lleva languideciendo 13 años, más de 150 meses que han acabado dañando seriamente sus maltrechos restos. Su fachada principal, de un modernismo atenuado aunque no carente de belleza, a duras penas resiste.

Estos días han llegado hasta nosotros informaciones alarmantes. Por un lado, hemos sabido que la catalogación como Bien de Interés Local iniciada por el Ayuntamiento de Caspe en su momento nunca se llevó a término. Por otro, una noticia tan preocupante como previsible: ante el estado del edificio —ciertamente, las costuras interiores de la fachada principal se muestran muy deterioradas—, se valora declararlo en ruina. De ahí a la demolición suele ir un trecho muy corto. Estamos todos de acuerdo en que lo primero es la integridad de los viandantes, pero también llegaremos a consenso si afirmamos que sería una auténtica pena derruir la fachada del Hotel Latorre.

Caspe ha visto desaparecer demasiados edificios emblemáticos durante los últimos años. Se perdió el molino en el solar que ahora ocupa un supermercado. Hemos visto el final de inmuebles no exentos de interés que fueron desmontados porque no gozaban de rango alguno de catalogación, como la casa Roqueta, en el solar que ahora ocupa el Museo de los Íberos, o la casa anexa al Círculo Católico. En ambos casos se conservaron las piedras para, supuestamente, darles una segunda vida. Nada se ha hecho al respecto.

En suma, poco a poco el centro de la ciudad de Caspe ha ido perdiendo construcciones emblemáticas, se ha despersonalizado. Hemos dicho adiós a edificaciones cargadas de historia, de sentimiento, o de ambos. Por tal motivo, no podemos estar de acuerdo con nuevas actuaciones que impliquen borrar más huellas de nuestro pasado. La fachada del Hotel Latorre, valorando toda la historia que reúne, bien merece un esfuerzo extra que permita conservarla. Salvaguardar los vestigios de nuestro pasado es algo a lo que no debemos renunciar.

Amadeo Barceló. Cuestiones bajoaragonesas - Presidente del Centro de Estudios Comarcales del Bajo Aragón Caspe (CECBAC)