Hay fechas que quedan marcadas en el calendario de nuestra memoria para siempre. Una de las que tuvo más repercusión en la sociedad bajoaragonesa, por sus consecuencias, fue la que comenzó el día 2 de febrero de 1956. Coincidiendo con la celebración del día de la Candelera, una gran parte de nuestro país sufrió una intensa ola de frío siberiano de carácter extraordinario. Las acusadas heladas, que fueron encadenándose sucesivamente, se alargaron prácticamente durante todos los días de ese mes, llegando a alcanzar en su máximo exponente los quince grados bajo cero, acompañados de un cierzo helador que acentuaba aún más la sensación de frío. De hecho, se continúa considerando la ola de frío más intensa que sufrió el arco mediterráneo durante el siglo XX, tanto por su excepcional duración como por la intensidad de las heladas.

Las drásticas temperaturas produjeron la muerte de numerosas oliveras, y los vecinos fueron testigos de ese lento proceso mientras el color de los árboles tornaba a una tonalidad parda rojiza que transformó el paisaje en un escenario apocalíptico digno de una serie cinematográfica de suspense. Finalmente, los suelos se fueron cubriendo con las hojas que caían de sus copas. Durante semanas, el único sonido que inundó los olivares del Bajo Aragón fue el del crujir de ramas, cimales y troncos quebrándose por el frío. Luego vinieron los golpes secos de los mallos sobre los tascones, y de los astrales y tronzadores sobre la madera muerta, en una sinfonía triste y monótona que se extendía por campos y montes.

Hasta la primera mitad del siglo XX, el olivar constituía la principal base de la economía local en la mayoría de los pueblos del Bajo Aragón Histórico, siendo para muchas familias el corazón de su subsistencia, ya que, en muchos casos, era su única fuente de ingresos. El escritor y periodista matarrañense Lluís Rajadell supo describir de forma clara y cercana en su librito «1956, l'any de la gelada» algunos de los aspectos más significativos de aquellos meses. Una publicación que se recomienda leer a quien quiera conocer con más detalle las consecuencias de esta tremenda helada.

Ante las circunstancias generadas, y aunque el tiempo jugaba en contra —ya que para volver a poner las oliveras en producción y obtener una cosecha aceptable se necesitaban en torno a quince años—, muchos decidieron continuar en el campo y volver a empezar. Pero también, debido a la falta de trabajo, especialmente para jornaleros y pequeños agricultores, un importante número de familias bajoaragonesas optaron por trasladarse a las grandes ciudades, iniciando un éxodo en busca de oportunidades. Una de las consecuencias fue la progresiva despoblación de muchas localidades afectadas por las heladas y un paulatino abandono del medio rural.

La helada del 56 marcó un antes y un después en la vida de miles de bajoaragoneses y bajoaragonesas, y aunque mucho ha cambiado en los setenta años transcurridos desde aquel 2 de febrero, nuestra sociedad sigue manteniendo parte de la esencia de aquellas grandes y singulares oliveras, que, a pesar de todo, aún permanecen entre nosotros gracias a su fortaleza y a su carácter resiliente, cualidades que el autor identifica con quienes les precedieron y afrontaron las adversidades de este episodio reciente de nuestra historia que tanto nos ha marcado.

Fernando Zorrilla. Presidente de la Asociación Amigos de las Oliveras y Árboles Centenarios