Llevamos años preguntándonos cómo conseguir que la gente venga a vivir al Bajo Aragón. Organizamos campañas contra la despoblación, buscamos trabajadores y presumimos de calidad de vida. Después alguien acepta un empleo, empieza a buscar piso y descubre que el primer requisito para instalarse en nuestros pueblos es encontrar una vivienda que no aparece por ninguna parte. Y luego nos preguntamos por qué cuesta tanto llenar las plazas que necesitamos cubrir.

La contradicción recuerda a las antiguas cartas de población medievales con las que reyes y señores trataban de atraer nuevos vecinos mediante concesiones de tierras, condiciones favorables y, en determinados casos, exenciones fiscales. Entonces se ofrecían incentivos para que la gente se asentara y levantara su hogar. Hoy parece que hemos invertido la fórmula, ofreciendo empleo y futuro sobre el papel mientras dejamos que quien llega se pase semanas buscando un techo bajo el que empezar una nueva vida.

Los testimonios publicados en La Comarca ponen cifras a este callejón. Pablo, profesor destinado a Valderrobres, telefoneó a más de 15 personas antes de dar con un techo, descartando opciones que le obligaban a marcharse en junio. Laura, enfermera en Alcañiz, pasó de verano a Navidad buscando vivienda mientras comprobaba que alquileres de 300 euros ahora rondan los 600. María, residente de enfermería, se vio rodeada de ofertas de 1000 euros para pisos familiares dependiendo de contactos y fortuna para instalarse. Tres historias que confirman que lograr la plaza apenas es la mitad de la batalla.

Nadie niega el oxígeno que el turismo mete en la caja de nuestros pueblos, pero la trampa salta a la vista en cuanto la rentabilidad del fin de semana le gana la partida al vecino de diario. Quien viene de escapada rural mete la maleta en el coche el domingo por la tarde y deja la calle vacía, mientras que el médico o el maestro que sostienen el ambulatorio y la escuela necesitan saber dónde demonios van a dormir el lunes. Cada cual es muy libre de hacer con sus cuatro paredes lo que le dé la gana, faltaría más. Cuando un pueblo busca brazos para no morir y no tiene un techo que ofrecerles, el drama deja de ser un engorro privado para convertirse en un tiro en el pie de los propios servicios que pretendemos defender.

Las actuaciones urbanísticas de Alcañiz en las calles Sor María Francisca, Trinidad y Las Monjas apuntan a la regeneración del casco antiguo, aunque entre los planos y las llaves median plazos que nadie puede permitirse esperar. Recuperar edificios y espacios degradados es necesario, pero la necesidad de vivienda para quienes llegan a trabajar no puede quedar pendiente únicamente de las futuras obras.

Hacen falta respuestas que vayan más allá de construir nuevos edificios. Los consistorios y comarcas pueden inventariar inmuebles vacíos, incentivar su rehabilitación condicionada a contratos de larga estancia y ofrecer garantías frente a impagos. La inseguridad jurídica y la incertidumbre sobre cómo recuperar una vivienda ante un incumplimiento también pueden disuadir a propietarios de ponerla en alquiler, por eso hacen falta reglas claras y procedimientos eficaces que protejan a ambas partes. Asimismo, urge coordinar con administraciones como Salud o Educación bolsas residenciales para personal desplazado. No se trata de intervenir el mercado a ciegas, sino de facilitar que más viviendas puedan responder a las necesidades de quienes quieren instalarse aquí.

Seguiremos presumiendo de sosiego y calidad de vida ante las cámaras, pero sin cuatro paredes bajo las que empezar a vivir todo ese relato se queda helado en el umbral. ¿De qué sirve gastar tantas energías en atraer gente al Bajo Aragón si después no somos capaces de ofrecerles una sola puerta abierta?

Jorge Herrero. Papel y pixel