El camino es un río de tierra donde nadan los pasos. El camino te acerca y te aleja. Te separa y te junta. Se hace camino al andar y andar deshace el camino. Nadie andará el mismo camino aun cuando se crucen saludos porque todos no vemos lo mismo ni de la misma manera. El camino es un relato cuyo autor es la suela del zapato. En un margen del camino me siento en una piedra para sentir al corazón latiendo en las plantas de los pies. Un cruce de caminos será una intersección en la que confluyan dos trayectorias de naturaleza transitoria porque en ese lugar todo es ir y venir.
In itinere es la condición del que va en camino. La condición del emigrante que será clandestino apenas ponga un pie en una playa de Tarifa, la del refugiado de la violencia de la guerra, la de los desplazados por las sequías y las hambrunas, todos víctimas de los que hacen los caminos de la miseria para sacar provecho de los desperdicios. Pero el camino quita un final y pone un principio y en esa frenética laboriosidad ha andado siempre la humanidad metida cuando se mete en camino. El presidiario que duerme cada noche en su celda ya hizo un día más en el camino de su condena. La tierra, ese planeta en forma de albóndiga chata en el que todos reímos y lloramos a un mismo tiempo a continuación y así, sucesivamente, orbita —es su forma de hacer camino— elíptica alrededor de una estrella. Suerte, pues, a todos los caminantes. Que cumplan con éxito los propósitos que guarden en los bolsillos y que retornen salvos a sus respectivas Ítacas.
Francisco Javier Romero
Alcañiz

