José Blesa Blasco (Ariño, 1958) ha integrado el carbón en su día a día. Primero lo hizo durante su vida laboral en las minas de Ariño trabajando en el mantenimiento eléctrico, y desde que se jubiló, lo integra en los cuadros que pinta. El carbón de Ariño es su seña de identidad, siempre pone un toque en sus pinturas de la forma que sea y que requiera el motivo. Lo diluye en aceite y lo mezcla con óleo, pero también lo emplea en polvo para recrear diferentes texturas.

Sin embargo, y aunque desde siempre le ha gustado dibujar, no cogió un pincel hasta que se prejubiló. Su arte le ha llevado a exposiciones varias por territorio nacional y también más allá de la mano de ImaginARTE. Esta galería barcelonesa promueve a artistas y con este sello ha viajado incluso a Qatar, donde participó en un encuentro en el que realizó un cuadro al que añadió arena de la playa local. Sus cuadros se han visto en muestras en Málaga, Mónaco, en el Louvre en París, en Brasil o Italia.

Sus inicios en la pintura están en el óleo y fue «probando». Eso le llevó a hacer un primer cuadro con una panorámica de su pueblo con el desmonte, un minero y el cráneo del toro que él mismo encontró en 2004, el llamado uro de Fogañán. Blasco fue guía del Parque Cultural del Río Martín y reconoce que se interesó por esta posibilidad cuando se jubiló por su propia inquietud por aprender y saber más sobre paleontología. «Cuando te jubilas hay que hacer cosas, yo no puedo parar y empecé primero con la huerta y luego con el Parque, porque la paleontología siempre me ha gustado mucho. Siempre he dicho que en Ariño no hay piedras, sino fósiles», explica. Es observador, y en un paseo se dio cuenta de que sobresalía un trozo del núcleo óseo, el cuerno izquierdo. Llamó al gerente del Parque, Pepe Royo, y avisaron a Zaragoza. Se realizó una excavación y terminó de salir el cráneo que descansa en el Museo de Ciencias.

Con este interés por la paleontología, no es de extrañar que empezase a emplear elementos de la tierra para sus cuadros. De hecho, ahora está probando también con alabastro del Bajo Martín. Sigue haciendo lo que el hombre prehistórico ya hacía cuando empezó a expresarse pintando en las paredes: usar los pigmentos que procura la tierra y la naturaleza.

El cuadro de su pueblo contiene carbón, pero también óxido de hierro, óxido de cobalto -que le da el tono blanco- y areniscas de la zona. Pensó en qué tal quedaría el carbón y lo empezó a combinar con óleo negro y aceite. Está todo mezclado y aplicado con un pincel plano en una única pincelada en una dirección para recrear las montañas del desmonte. «Ya no me han salido esas pinceladas, iba con miedo y conseguí un relieve muy peculiar», sonríe. Explica cómo el carbón se queda pegado hasta el punto de dejar los pinceles inservibles. Por eso, cada cuadro tiene relieves diferentes, y combinando con el óleo negro consigue más o menos volumen.

Ya atesora unos cuantos cuadros y muchos ya han viajado. Se nota en el propio lienzo que, además, suele firmar en la parte trasera. Todas las obras están cargadas de simbología, y de los que más llaman la atención son los que tiene dedicados a los mineros en plena faena en el tajo. «No soy realista, meto detalles como un candil, una pala, las linternas… todo son símbolos y a quien ha estado en la mina le impresiona. Me lo dicen, porque en las exposiciones este verano ha habido muchos mineros ya retirados», apunta.
Un verano de exposiciones en el territorio y las que vengan: «Quiero hacer más»
Pero no todo son minas. También hay otros temas más personales y otros en los que la imaginación vuela. Uno de ellos, «uno muy personal», es un cuadro muy colorido con un feto a cerca de ver la luz en el centro. Está protegido por diferentes colores, también violeta y, por supuesto, un toque de carbón. La primera vez que se expuso fue en Andorra el mes pasado en la última muestra que ha hecho en el territorio este año. Fue el broche a una gira de verano con la muestra ‘Lignito de Ariño, lignito de Teruel, una mirada artística a través del carbón’, que le llevó a varios pueblos. Estuvo en Crivillén, Ejulve, Gargallo o Albalate del Arzobispo y dice que quiere seguir. Vive en Zaragoza, aunque con continuos viajes a Ariño, y el próximo año le gustaría realizar más exposiciones en el Bajo Aragón en los pueblos que lo soliciten.

La variedad de temas es larga, porque en otra de sus obras al carbón le añade cristales de yeso de la zona, que distribuidos con el dedo parecen un gran meteorito dentro de otros meteoros.
Para los cielos tiene querencia por el azulete. En su obra hay árboles, pero desde una visión en movimiento, o con la luna reflejada, y también hay visiones 360º o mezcla de universos. Se basa en su imaginación, en fotografías o en una mezcla de ambas cosas.

De sus cuadros no hay dos iguales y un ejemplo son sus olas marítimas. Consiguió la fuerza del oleaje experimentando y consiguió que el espectador se sienta vapuleado por el temporal. «Ahora no lo haría igual porque hago la estructura, mezclo óleo con aceite y con una jeringuilla lo aplico en la cresta y con un secador hago el movimiento», revela. Aplicar calor también requiere de tiento porque en la medida está conseguir detalles como las transparencias del agua.
En las exposiciones los cuadros se pueden ver, y también se puede adquirir. Lo mismo que en sus redes sociales, donde va mostrando algunas investigaciones y pruebas, y tiene su escaparate virtual y global.







