Mi nula vocación y la falta de práctica, supongo, eran los culpables de mis bajas calificaciones, pero como aquella escuela de pago era de baja exigencia, me daba para ir aprobando y me dejaba dedicarme a lo que verdaderamente me gustaba: jugar al fútbol, a las canicas, al escondite, a tirar con arco y más cosas.
Este buen vivir fue hasta el último curso de EGB. En este último hubo un cambio sustancial. Aquel profe de pelo rojo, barba de chivo y de una sabiduría brutal lo cambió todo, y lo que fue hasta entonces aprobar sin dar bola dejó de ser: o estudiabas o no aprobabas.
Las materias que él impartió dieron un vuelco. Tuvimos que estudiarnos la tabla periódica de los elementos; después nos enseñó a formular óxidos, hidruros, sales, ácidos, alcoholes y mil mierdas más. ¡Que éramos unos críos, no unos científicos!
No volvimos a abrir el libro de Historia; ni el de Historia ni ninguno de los de las asignaturas que él daba. Se saltó la apacible prehistoria y todo lo que le seguía hasta el asesinato de Francisco Fernando de Austria; empezó a profundizar desde ese momento.
Aquel año seguro que nos hubiesen convalidado primero de Historia Contemporánea en la uni y Química del bachillerato. En francés siempre había sacado sobresaliente y, con el Cura, en el primer examen, saqué un notable (¡que soy francés, joder!).
El Cura no solo trajo sabiduría académica, trajo a unos alumnos con él. Unos cuantos tíos y una tía (despampanante Judit), todos de otro planeta.
Yo siempre había vivido en barrio y no conocía, ni siquiera imaginaba, que existiese ese tipo de gente. Eran raros de cojones, su comportamiento era dudoso, casi no interactuaban con nosotros. O nos tenían miedo o tenían un plan oscuro.
Eran extremadamente educados, vestían de manera diferente; me molaba mucho la ropa que llevaban. También su material escolar era distinto.
Después de los meses empezamos a conocer cosas: sus padres tenían trabajos diferentes a los nuestros. Uno, en verano, iría a hacer unas pruebas con el Barça; jugaba bastante bien, pero tampoco era el mejor del recreo (yo metía muchos más goles que él).
Era el único de esos que desde el primer día jugó al fútbol con nosotros; a finales de otoño alguno más se apuntó. Uno de esos que se apuntó era un chaval muy amable; desapareció unos días.
Cuando volvió, el director nos dijo que había estado compitiendo en el mundial de esquí, ¿en Suiza?
Se acabó el curso y no me volví a cruzar con ninguno de aquellos seres cósmicos ni con el Cura.
El Cura ha sido el mejor profe que he tenido, incluyendo los de música. Era exigente, fumaba en pipa y, sobre la mesa, siempre tenía el Interviú, que cuando no nos veía hojeábamos sus hojas en color con devoción.
Un día leí: «Miquel Cura i Morera es uno de los implicados en el asalto al cuartel de Berga».
Coco Balasch. Asomado a mi ventana


Miquel Cura estuvo implicado pero no participó en el asalto de 1980. A pesar de ello huyó a Francia de donde regresó en 1986. Con Felipe Gonzalez de Presidente la Justicia lo envió a casa con una multa y se acabó el problema.
El Dr. Miquel Cura i Morera (1946-2002) fue un destacado catalanista, arqueólogo e investigador especializado en la prehistoria y protohistoria de Cataluña. Eso de catalanista valía para gente corriente y también para los que jugaban con fuego. Naturalmente con armas de fuego como probó en sus carnes Jimenez Losantos en 1981.
Au revoir monsieur Coco.