En la mayoría de los casos, si a una persona le dan a elegir entre servir a los demás con honradez y medrar en lo personal, casi siempre acaba triunfando la segunda opción.

Y es por eso por lo que el sector político, al menos el político a escala regional o autonómica, acaba atendiendo más los intereses de partido y los personales que los intereses reales del ciudadano que les votó.

Cuestión aparte es lo que puede ocurrir en los pueblos; donde en algunas ocasiones se da también lo anterior, pero en otros muchos casos, por suerte, sí hay una verdadera vocación de servicio público.

Por supuesto que tiene mucho de tópico esa frase de que «todos los políticos son iguales». Ni siquiera en un mismo partido o grupo político lo son.

Cuando entrevistan a la gente que ya se ha retirado del ruedo público, casi todos ellos, aparte de notablemente más envejecidos, seguramente a causa del estrés por no perder el puesto, aseguran llevarse mejor con colegas pertenecientes a otras ideologías que con sus propios compañeros de ideología.

Y es que como he dicho aquí unas cuantas veces, es peor el «fuego amigo» que el «fuego enemigo». Porque mientras este último te permite prepararte, el primero no lo ves venir, y al pillarte desprevenido es el que más duro te da.

Recuerdo la frase que decían mis abuelos hace tiempo: «Que Dios me libre de mis amigos, que de los enemigos ya me libraré yo». Viendo lo que ocurre los últimos días a varios niveles de la política patria, esa frase cobra todo su sentido.

Muchas más guerras se han ganado por traiciones que por la lucha limpia y en igualdad de condiciones. La cuestión es que me pregunto si esto es parte de la inteligencia, porque al fin y al cabo intentar encontrar una ventaja sobre los competidores no deja de ser una muestra sutil de ingenio.

Me cuestiono también cómo si esa inteligencia se aplicase en cuestiones más importantes, como la tecnología y la investigación, la diferencia con la actualidad sería más que notable.

Con toda la gente realmente inteligente que hay en este país, y la que ha habido, sorprende comprobar cómo no hemos evolucionado más.

Y todo es por la pésima gestión de ese talento, la intolerable falta de estímulos, y no sólo eso, sino también el freno directo por parte de esos próceres que como decíamos están más ocupados por elaborar sofisticadísimas intrigas para salvar la poltrona que en resolver los problemas públicos o siquiera elaborar protocolos para que otros más capacitados al menos tuvieran la posibilidad de resolverlos. Seguro que a ellos, en el fondo, también les iría mejor.

Feliz semana y a más ver, a un año y algunos días del momento en el que todo cambió y el mundo ya no sería el mismo.

Álvaro Clavero