No sé si a todos los niños nos enseñan la misma historia. Desconozco si nuestros libros de texto son iguales. Lo cierto es que yo, durante mi infancia en Madrid, estudié el llamado «éxodo rural» como un proceso inevitable y, sobre todo, de una lógica aplastante. ¿Cómo no se iba a ir la gente, sobre todo los jóvenes, de los pueblos? ¿Cómo no aprovechar todas las oportunidades que ofrecían las ciudades?
En mi cabeza madrileña, la emigración se presentaba como la única solución posible para el futuro (y presente) de toda esa «gente de campo». Me los imaginaba haciendo cola, ansiosos por venirse a vivir a mi ciudad. Y daba igual si pensaba en el obrero de la Primera Revolución Industrial, en mis abuelos que se vinieron a Madrid desde una pequeña aldea gallega o en mi compañera de la universidad, que venía de un pueblo de Murcia. Y esta no solo era la visión desde las ciudades; los habitantes del entorno rural han cargado siempre con esa sensación de que quedarse en el pueblo es sinónimo de fracaso.
Parece que algo ha cambiado, pero lo cierto es que no lo suficiente. Seguimos con esas ideas erróneas, con esos prototipos y esa superioridad de la ciudad sobre el campo que se ha quedado impregnada y que tanto nos cuesta sacarnos de encima. Y la realidad es muy diferente: los jóvenes que he conocido aquí quieren vivir en su pueblo. Es la falta de oportunidades laborales la que, normalmente, lo imposibilita.
Escribía Héctor García Barnés que «la mayoría de discursos sobre el mundo rural se debaten entre el desprecio y la fascinación, y ambos son tremendamente peligrosos». No sé si tengo el poder para reconocerle nada a nadie, pero lo voy a hacer. Y es que la historia de España habla siempre del valor de emigrar, pero nunca del de quedarse. Aquí hay muchas personas que eligen vivir y trabajar en su pueblo. Personas que escuchan una y otra vez las mismas y típicamente urbanitas preguntas: «¿nunca has pensado en irte a vivir a la ciudad?» «¿no te aburres aquí, solo?». Y responderán, pacientemente. O no. Porque la paciencia también se agota. Y una cosa es esperar a que maduren los tomates y otra bien distinta es esperar que llegue la cobertura algún día, que no les quiten la ambulancia o que la escuela del pueblo siga abierta el año que viene.
Como canta Isabel Marco, sois «el esfuerzo que no quiere emigrar».
Nerea Lorenzo. www.yoloquequieroesescribir.blogspot.com

