El pasado lunes, día 7 de octubre, se cumplió el primer aniversario de la cruel y brutal matanza de jóvenes civiles desarmados que estaban disfrutando de una fiesta musical en suelo israelí cerca de la frontera con la Franja de Gaza: 1.205 muertos entre israelíes y extranjeros, más el secuestro de 251: de ellos, algunos murieron y otros fueron rescatados; 97 siguen cautivos, aunque Israel da por muertos a 34.
Fue una acción perpetrada por milicianos de Hamás. La presunta inviolabilidad de las fronteras israelíes y su perfecto servicio de vigilancia electrónica quedó en evidencia. La reacción israelí no se hizo esperar, avalada y justificada por la barbarie de Hamás. Sin embargo la violencia, generalización y brutalidad de la respuesta fue desmesurada y aún se mantiene, con más vigor si cabe. Más de un año de violencia militar indiscriminada, que lleva casi 50.000 víctimas, la mayoría población civil palestina y libanesa.
Muchos analistas desconfiaron de la evidente «oportunidad» del ataque de Hamás para servir de justificación a una desatada venganza anexionista (documentada militarmente con anterioridad). Y aquí no sirve la desvergonzada retórica de Netanyahu y su Gobierno de que los que critican el actual estado de cosas, incluida la invasión terrestre de Líbano y la desproporcionada actividad militar israelí, son antisionistas. Aunque es cierto que el antisemitismo está muy presente en determinados países y últimamente está aumentando. Y eso es una mala noticia para el mundo judío, mucho más complejo y valioso que la actual formulación política revanchista de Israel.
Pero de lo que aquí se trata es de un tipo muy extremado de israelíes cuyo crecimiento podría obedecer a esa fórmula muy reiterada de ser un pueblo perseguido que recurre a medidas extremas para preservar su existencia. Y ante eso, olvidan que los palestinos también tienen sus razones y su histórico temor a ser masacrados. Israel, nadie lo duda, tiene derecho a vivir en paz y seguridad. Pero ni su historia, llena de episodios vergonzantes como los perpetrados –no solo por la Alemania nazi, otros países europeos colaboraron en ello- desde los 30 del siglo XX y la II Guerra Mundial-- ni su presente como nación próspera, justifican la arrogante, ilegal e intolerable empresa bélica en la que se han metido.
El nuevo conflicto, siempre candente desde 1947, tiene visos de convertirse en una sangría sin fin. Es un círculo vicioso de una malignidad desconcertante. Para unos todo comenzó en la nakba (palabra árabe que designa un acontecimiento horrible, una catástrofe) de 1948 cuando 750.000 palestinos fueron desalojados de sus hogares y sus tierras para que allí se asentara un nuevo Estado, Israel.
No resulta difícil entender que esa longevidad del conflicto árabe-israelí está rodeada de un sinfín de intereses creados y circunstanciales que van variando muy poco a través de los 76 años transcurridos. La codicia de unos –los colonos- la desvergüenza amoral de otros, los políticos (como prueba, un botón: los procedimientos judiciales que penden contra Netanyahu en cuanto abandone o le echen de la poltrona del poder), las florecientes industrias armamentistas y las tecnológicas que enriquecen a muchísimas empresas y personas, la geoestrategia de muchos estados a los que favorece el actual estado de guerra, la evidente lucha hegemónica entre las grandes potencias, la casi indiferencia y falta de solidaridad de la «hermandad musulmana» (carente de una estrategia común), la ambición anexionista territorial del Gobierno israelí… y a pesar de todo, no hay noticia – ni se le espera- de un posible diálogo pacífico bajo la protección de las Grandes Potencias y de la ONU, que en estos días ha perdido casi toda la confianza internacional.
Hasta su honorable secretario general, el portugués Guterres, hombre de paz sensato e irreprochable, ha sido declarado «persona non grata» por el Gobierno de Netayanhu y se le ha prohibido la entrada en el país.
Después de las actividades bélicas indiscriminadas contra la Franja de Gaza tras el 7 de octubre del pasado año, con un conteo inmisericorde de víctimas palestinas, hambre, sed, enfermedades, huídas masivas bajo las bombas y las balas, el pasado 18 de setiembre aparece una novedad bélica: ‘buscas’ y ‘walkie-talkies’ en manos y bolsillos de palestinos relacionados supuestamente con Hezbolá, estallan casi al mismo tiempo, provocando miles de heridos y bastantes muertos y colapsando los hospitales de Beirut. Fue un salto tecnológico cualitativo en esta guerra sin fin.
A principios de octubre comienzan los bombardeos contra zonas y barrios de Beirut que los militares israelíes definen como «incursiones selectivas seleccionadas» y se prepara la invasión terrestre de Líbano. Hay decenas de muertos cada día. No sólo combatientes, claro está.
El 28 de setiembre los bombardeos «selectivos» israelíes, acaban con Hasán Nasralá, líder máximo de Hezbolá durante los últimos 32 años que logró que su organización tuviera rango casi gubernamental en un Líbano sin fuerza política firme. Los iraníes envían casi un centenar de misiles pero con la suficiente publicidad –y mediaciones secretas, para no ser más que una supuesta prueba de fuerza. Al día siguiente, Netanyahu se presenta ufano y prepotente ante la Asamblea General de la ONU –con numerosas sillas de delegados vacías y abucheos intermitentes- y muestra sus cartas con desfachatez: dos mapas de gran simplicidad en los que se puede percibir el Nuevo Orden israelí en la región, su expansión territorial y político-bélica para este próximo futuro. Ello redunda en una situación angustiosa para el mundo: la virtual falta de autoridad y prestigio de la ONU, acompañada del nulo respeto a las peticiones y exigencias del Tribunal internacional de Justicia, que exigió a Israel medidas cautelares para evitar el genocidio y finalizar la ocupación de Cisjordania, reparar los daños y, por supuesto, suspender la invasión de Líbano. Todo ello favorece la entronización de la violencia, el abuso y la desigualdad en las relaciones internacionales, así como la impunidad absoluta de los países y dirigentes que recurren a la máxima violencia para imponer sus intereses. En una palabra, la ruptura quizá irreparable del orden internacional basado en la democracia.
¿Qué hace la comunidad internacional ante este desproporcionado y sangriento abuso de poder militar? Estados Unidos se lamenta y pide hipócritamente a Netayanhu que detenga las operaciones militares y que respete a la población civil, pero ante la negativa de este, no detienen el flujo de armas y dólares que entran continuamente en Israel. La UE protesta, acusa y condena, representando a esos coros de lamentaciones y lloros profesionales, pagados, –las plañideras- que solían rendir homenaje a determinados fallecidos en ciertas costumbres de los países mediterráneos. Es cierto que algunos –España entre ellos- han reconocido el Estado de Palestina, que Alemania y el Reino Unidos frenan las exportaciones de armas. Pero no hay una actitud firme y relevante de la UE para frenar los abusos de poder israelíes, sin negar el debido apoyo a la seguridad del país, pero sin permitir que este desborde la legalidad y los valores democráticos que deberían regir en el concierto de naciones del mundo del siglo XXI.
Se está repitiendo el mítico enfrentamiento entre el pequeño David y el gigante Goliat. Solo que en esta ocasión la narración ha cambiado. Goliat es más pequeño que David, pero está mejor armado y carece de prejuicios humanísticos y de contención de la violencia extrema. Goliat es Israel. Y David, el pequeño, sigue –en comparación- escasamente armado y carece de la suficiente ayuda y protección de la comunidad musulmana.
Ahora los árabes han entrado en la segunda nakba que, de momento, ha costado casi 50.000 vidas. Aunque para Trump (posible nuevo presidente de Estados Unidos), todo esto se reduce a una metáfora: se trata de «dos niños peleándose en el patio de recreo del colegio», el conflicto dista mucho de ser fácil de encauzar hacia una solución viable. El intercambio de misiles entre Irán e Israel y las amenazas y bravatas subsiguientes, junto a las incursiones de los israelíes contra Yemen, Irán y quizá Irak, (que protege a grupos pro-iraníes) está convirtiendo la espiral bélica en un posible conflicto regional de consecuencias imprevisibles.
Se nos presentan cinco incógnitas relevantes: ¿Puede afectar la situación bélica al suministro de petróleo, con un eventual cerrojazo al paso de Ormuz? ¿Qué consecuencias tendría un ataque al sistema nuclear de Irán? ¿Se puede llegar a una guerra total en la zona, que provocaría la entrada en el conflicto de Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Bahrein, Egipto e incluso la pacifista Jordania? ¿Podrían intervenir Rusia y China por un lado y Estados Unidos y la UE por el otro, en una confrontación de intereses? ¿Cómo podría cambiar este escenario multinacional con la victoria del belicista, insolidario e imprevisible Trump?
Un elemento a tener en cuenta también son los prejuicios occidentales hacia el extremismo chiíta de Irán, Afganistán y otros. La intolerancia casi medieval del chiísmo y su estilo de vida (incluida la subyugación vergonzante de las mujeres y el adoctrinamiento de la violencia identitaria defensiva en la educación de niños y jóvenes) crean un malestar sesgado contra esos países en las poblaciones occidentales.
De momento el sur global rechaza la actitud de Occidente en este problema, considerándola una muestra más del complejo supremacista de estos países que reviven de otra manera la etapa colonial tras una retórica universalista de democracia y derechos humanos, permitiendo que Israel, esa «potencia subrogada de Occidente», destruyan «cuerpos negros y morenos» por razones de raza, color de piel, religión o costumbres, aunque en el fondo sólo para proteger sus intereses. Y ya nadie piensa en aquella idea surgida en la ONU – institución paralizada con el sistema de veto- y con el apoyo de Europa y Estados Unidos, «una región y dos Estados» en paz y solidaridad mutuas. Reposa en el baúl de lo imposible.
Los líderes europeos han expresado sus condolencias a Israel en el aniversario de la matanza y reconocido un aumento de delitos antisemitas en el continente, pero al mismo tiempo han pedido el alto el fuego en Gaza y Libano en la ofensiva israelí contra el grupo proiraní Hezbolá. Pero Netanyahu sigue impertérrito e incluso se ha atrevido a calificar a España de «paraíso del antisemitismo», enturbiando las relaciones entre los dos países. Mientras, ha añadido 7.000 soldados al ejército de invasión que se extiende por el sur de Líbano.
Seguiremos desgranando –en un segundo trabajo- este complejo tema, que amenaza el futuro no sólo de la región en conflicto sino del orden mundial. Dicen algunos que cuanto más profunda sea la desesperación más intensa será la esperanza. Se trata de aplicar la «pasión por lo posible» que tiene la esperanza, de forma que neutralice la desesperación destructiva. Y la paz siempre está dentro de lo posible…
Alberto Díaz Rueda. Observatorio de política internacional


Siempre me he preguntado de que leches viven casi dos millones y medio de palestinos en un desierto bastante más pequeño que el término municipal de Alcañiz