Y henos aquí, una semana más. Y qué rápido se pasan. Una tras otra se suceden en una continua huida hacia adelante y cuanto más tiempo pasa, más rápidos se deslizan los días entre vivencias que, variadas o no, crean el efecto contradictorio, incluso paradójico, de ser algo lento y rápido a la vez.
Lento cuando intentamos percibir su movimiento. Rápido cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de cuánta parte del camino hemos recorrido. Pero lo que más largo lo hace, quizá, es la consciencia de que no sabemos todavía lo que nos queda por andar.
Esa falta de referencias hacia delante es lo que nos priva de la verdadera dimensión de nuestro camino y esto se puede aplicar a la situación actual en todos los campos de la vida.
Nada nuevo bajo el sol. Eso es lo que da tanto vértigo como ascender y ascender en el cielo sin saber dónde va a estar el límite.
Ahora, cuando llevamos más o menos un año con estas cuitas pandémicas y no sabemos todavía cuándo volveremos a caminar por la calle sin miedo de que nos tosan o nos toquen o siquiera nos miren se hace más que evidente esa sensación.
Y en ese perpetuo fluir. En esa perpetua indefinición y fragilidad que nos aporta el presente, intentamos mantenernos a flote, casi incapaces de ponernos metas o plazos que luego tardan en cumplirse. Porque siempre hay imprevistos y problemas.
Como en las películas de astronautas en Marte o en las series de americanos gordos y descuidados que intentan encontrar oro en el Klondike, el Yukón y en cualquier parte del mundo que dé bien ante las cámaras. Cuando no se rompe un tubo, petan dos cables y provocan un incendio.
Y cuando no se quema algo, las máquinas pierden aceite, o un temporal arrasa con la estructura que tanto costó montar. Buena metáfora de la vida cuando uno es pobre y no puede evadir sus problemas huyendo allá donde los grifos son de oro y llueven pétalos en vez de agua con tierra como ha venido ocurriendo por estos pagos recientemente.
En una de las últimas versiones de la guerra de Troya llevadas al cine decía Aquiles que los dioses nos envidian a los mortales porque disfrutamos cada momento de nuestra vida, y lo aprovechamos como si fuera el último de nuestras vidas, pues así puede ser.
Eso demuestra un hecho ampliamente constatado: nunca valoramos lo que tenemos. Sólo lo que perdemos. Sólo lo que no podemos mantener.
Los japoneses que son mucho más filósofos que nosotros, pese a lo que podamos pensar han desarrollado un gusto notable por lo efímero y caduco. Sus construcciones tradicionales son de madera. Sus flores favoritas son las de los cerezos, que apenas duran unos días. Y cuando éstos florecen lo celebran poéticamente en un ciclo de cambio que sin embargo es perpetuo.
Ahora estamos en ese momento del calendario: con los frutales en floración. Con los campos rosas y fucsias. Con los cantos de los mirlos enamorados. Quedémonos con esa fragilidad en estos días de "Hanami" que es como el pueblo nipón denomina al acto de ir a contemplar las flores del cerezo. Si hay algo que nos puede ayudar más de lo que parece es eso, en estos momentos en los que los medios, (como siempre por otra parte), informan de cosas menos agradables.
Feliz semana, amigos, y a más ver.
Álvaro Clavero

