Todo cambia, todo fluye, todo se modifica, como razonaba el sabio, el viejo Heráclito de Abdera. El río no volverá a pasar. Es ya distinto.
Cambia todo hasta tal punto que no podría representarse ahora con el sable, la bandera y la apostura arrogante y juvenil del que la blande, con la decisión irrenunciable de inmolarse por el bien de los otros. Y este es un mentís rotundo a la insinuación generalizada del «Vaya yo caliente».
No solo los mozos --que son el ápice del altruísmo y de la entrega--, sino también la gente madura y granada, se ofrece para hacer lo que sea por los otros. No se trata de una actitud idealista, sino de una exigencia histórica como la que debió experimentar el último numantino cuando sintió que la subsistencia del grupo dependía de su implicación en la defensa.
Ahora puede representar el heroísmo una enfermera núbil, un médico abnegado al pie de la cama, o un investigador sarmentoso inclinado sobre un microscopio sin que parezca que arriesgue en su empeño la propia vida. Todo ha cambiado. Y desearía rendir mi humilde homenaje a todos los sani-tarios que han expuesto y exponen su frágil existencia cada día por acotar mínimamente la frontera de la inmunidad.
Ellas y ellos --aunque el plural se exprese por norma en masculino--, han elegido, se han expuesto y a veces han perdido, poniendo así de relieve la vulnerabilidad del reducto «invulnerable» que arriesga su vida por nosotros a cambio de nada, --que se exhibe como señuelo-- para que no infecte a los que huyen en desbandada.
Da la impresión de que estamos abocándonos al brocal de un abismo imposible, o al alfeizar inescrutable de un vacío infinito que somos incapaces de representarnos, esto es de un infinito desconocido, como todo lo infinito y amenazador por inabarcable. Lo terreno y lo extraterreno, ilimitado, intangible e inaprensible, compiten por colonizar nuestro cerebro. Acaso no hayamos sufrido un reto igual desde la Edad Moderna, en que el hombre se enfrentó al terror del Mar de las Tinieblas, la inestable esfericidad de la Tierra, la confusión de otras lenguas por la implosión planetaria, la exótica consciencia de las costas de Cipango, la conmoción de los nuevos sabores de las especias, el desconocimiento de los pueblos a los que accedimos sin permiso, no advirtiendo que ellos también harían por poseernos a nosotros, y la inestabilidad de unos conocimientos movedizos como el mar, volubles como las costas, roqueños como los marineros, audaces como los aventureros, y contumaces como quienes han cambiado las costas por el mar y saben que no regresarán a morir al rincón donde nacieron: el último deseo de los muertos, que temen ser olvidados en el fondo de las aguas, perdidos en las cumbres con las aves picoteándoles los ojos, digeridos en el estó-mago de un pez, o gasificados en la fumarola de un volcán, como si fueran capaces de sentirlo. Pero nos queda por hablar del heroísmo.
Darío Vidal

