Así titulaba Stefan Zweig (Die Welt von Gestern) una de las obras más esclarecedoras sobre el derrumbe de Alemania, a partir de la República de Weimar y a causa de la hiperinflación, que llegó a equiparar en precio un filete de carne con un piso en el centro de Berlín. Esto y la pérdida de credibilidad en las instituciones favorecieron el ascenso del nazismo, que llegó al Reichstag, al estado de excepción y a la invasión de Polonia.
Nuestros hermanos polacos andan con los puños cerrados, ya que desde el siglo XIV han lidiado con teutones, suecos, turcos y soviéticos, además de la Segunda Guerra Mundial. No son precisamente unos ingenuos respecto a lo «caído» en su territorio.
Oportunistas y megalómanos han alcanzado cotas de poder en los más altos estamentos, confirmando, renovado, el viejo «Principio de Peter», según el cual se asciende jerárquicamente hasta el máximo nivel de incompetencia.
No hay techo para tipos como Mr. Peluquín de pollo, quien llegó a afirmar que le encantaría ser Papa. A éste le tienen tomada la medida tanto el sátrapa de la tierra de los zares como el de las tierras de Canaán. Otro ejemplo más del clásico debate sobre si quien sufrió maltrato puede convertirse en maltratador: el pueblo del Holocausto cometiendo inhumanidades del calibre de las que sufrió.
Nuestro mundo se está convirtiendo en un «mundo de ayer», y hay que estar atentos. Hay que adaptarse, pero no podemos romper la baraja. Necesitamos de las instituciones como marco en el que movernos.
Desgraciadamente, la gente que más aplomo debiera tener son unos aventaos sin conocimiento, peores que el joven Perceval. Verdaderos adolescentes, sin criterio ni buen juicio para ver que hay movimientos en el tablero irreversibles y de muy serias consecuencias.
Muchas veces comparo la política regional con la nacional e internacional, como patrones a escala de una misma realidad que se repite según ideologías. La escala debería crecer proporcionalmente en talla intelectual, número de población y responsabilidad. Parece increíble que esta ecuación se haya tornado inversamente proporcional.
Creo que somos nosotros los que tenemos que marcar el paso y enseñar el camino desde la concordia, la tolerancia, el buen juicio y pensar en un «ir juntos» a las instancias superiores, ya que somos nosotros realmente los cimientos del mundo de mañana.
Rubén Vidal. Caballete de papel

