Durante décadas, Europa caminó bajo la convicción de que las reglas que habíamos construido tras las catástrofes del siglo XX eran algo más que un pacto temporal: eran el cimiento de un orden internacional basado en el derecho, la cooperación, el multilateralismo y la dignidad humana. Me dio pavor escuchar las recientes palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen, declarar que Europa «ya no puede ser guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá». Cierto es que, tras el aluvión de críticas, rectificó, asegurando que Europa «siempre defenderá» los principios de la Carta de Naciones Unidas. Pero no por eso resulta menos llamativa esta muestra de debilidad ante los hooligans que dominan el mundo.
La fuerza bruta está volviendo a regir el destino de los pueblos y las grietas de ese sistema de convivencia internacional son cada vez más visibles. La tentación ante la cruda realidad es caer en el desaliento y en la resignación, aceptar lo impuesto a base de atropellos y pensar que aquel ideal del orden internacional basado en normas fue poco más que una ilusión histórica, válida durante un breve paréntesis de estabilidad. Algo que Europa no puede permitirse, por contraria que sea la situación.
La defensa del derecho internacional y los derechos humanos no son meras abstracciones morales, o no deberían serlo. Son conquistas que costaron millones de vidas y el levantarse de la ruina más absoluta, la misma que ahora asola a tantos lugares en el mundo. Renunciar a ello porque hoy atraviesen una grave crisis sería olvidar precisamente por qué fueron necesarias. Si lo que quiso decirnos la presidenta de la Comisión Europea es que el mundo está cambiando, eso es evidente. El orden internacional no se mantendrá por inercia. Pero si Europa quiere seguir siendo útil para aquello por lo que fue construida, no puede renunciar a su razón de ser.
Iulia Marinescu. Sin más…

